La clase consumista se resiste

Fernando Saldivia Najul
Agosto 2004



La riqueza fácil y súbita que proporcionó el petróleo en Venezuela, abrió paso a una subclase urbana que aún se mantiene distraída en el consumo de bienes no necesarios. Un sector social que se confunde hoy entre las clases media y alta, mejoró bruscamente sus condiciones materiales de vida. Estas personas, indiferentes a la historia de los pueblos, hoy son manipuladas por los medios de comunicación. Reaccionan de manera airada y temeraria contra la redistribución de la riqueza y la construcción de un nuevo Estado de bienestar social. La animadversión y el desequilibrio de estas personas frente a los grupos revolucionarios se debe, en buena medida, a la idea tergiversada que los medios trasmiten sobre el ejercicio de la meritocracia en el pasado.

Pues bien, hagamos memoria. La población venezolana se dedicaba fundamentalmente a la agricultura, al comercio y a la artesanía. De repente, se presentó una intensa dinámica económica y social motivada por la explotación petrolera. Sin embargo, sólo parte de la población fue incorporada al mercado de trabajo formal. Al lado de la oligarquía tradicional, surgieron grandes empresarios. La gran mayoría contratistas del Estado venezolano, y apoyados financieramente por éste. Por más que se mostraban como grandes inversionistas, en esencia prevaleció la modalidad usurera, especulativa y mercantilista, a expensas del Estado y sin ningún riesgo. Nació así la burguesía parásita. No competía, no pagaba impuestos, no reintegraba los créditos. Además, como los empresarios privilegiados no competían, tampoco requerían mejores profesionales ni mejores técnicos. Entonces, la renta petrolera repartida a dedo entre pocas familias y pocos trabajadores formales, no pudo propiciar una competencia aceptable. No se sembró el petróleo. No se diversificó la economía. Simplemente se repartió la torta. Y mal repartida. La famosa meritocracia no era otra cosa que una aristocracia camuflada que impidió el crecimiento de nuestro país.

Lamentablemente, estos privilegiados todavía consideran que merecen lo que tienen. Perciben a la mayoría como individuos flojos. Ven a los trabajadores informales como perturbadores del orden, indeseables, invasores de los espacios públicos de la sociedad civil. Les niegan así no sólo la condición de trabajadores, sino también la de ciudadanos. Con esto justifican la segregación. Levantan muros en sus viviendas. Se trasladan en autos con vidrios oscuros. Se encierran en centros comerciales. Se recrean en clubes fortificados. Prefieren el turismo internacional, lejos de la miseria. Se distancian de la naturaleza y de las personas que consideran inferiores, para sumergirse en un mundo artificial. La felicidad la confunden con el éxito, y el éxito con el dinero. Este modelo es luego copiado por sus hijos.

Ahora, la clase consumista se resiste al cambio. Estas personas, comprometidas con quienes las llevaron a la nueva posición, se ven obligadas a agredir a quienes se proponen hacer justicia. Mediatizados, sin identidad nacional y al servicio del capital, admiran a los poderosos y desdeñan a la clase revolucionaria que lucha por una sociedad más justa y solidaria, contraria al sistema de clases.

El llamado es a superar el actual sistema de clases. Ello debido a que las diversas clases sociales tienen un acceso normalmente desigual a ventajas y oportunidades. Los hijos de los grupos con mayor poder adquisitivo van a escuelas distintas, obtienen calificaciones escolares superiores, disponen de diferentes oportunidades de trabajo y gozan de mejores condiciones de vivienda. Cuidado, no debemos olvidar que las consecuencias a largo plazo de la diferencia de clases, son peligrosas para sus beneficiarios temporales.

Por lo tanto, para crecer como país debemos garantizar la igualdad de oportunidades en igualdad de condiciones. Asimismo, debemos reivindicar lo natural y primigenio frente al consumismo. La familia y la tradición frente a la riqueza material. Si queremos subsistir tenemos que construir nuestro propio modelo de vida.


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Artículo difundido por correo electrónico, e impreso en volantes y repartidos en las estaciones de Chacao y Altamira del Metro de Caracas.

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Endorracismo

Otro enemigo de Venezuela
Fernando Saldivia Najul
26 julio 2004



Sorprende escuchar a venezolanos de origen africano o indígena que, a pesar de no encontrar argumentos importantes en contra de la revolución, rechazan a su máximo líder. Algunos de ellos, aunque estén a favor, al principio se distancian por precaución. Otros, sin embargo, lo hacen de manera determinante. El endorracismo aquí es evidente, no se puede disimular. La actual lucha de clases lo ha develado.

Difundir el fenómeno del endorracismo como lo hacen las organizaciones de afrodescendientes de espíritu libertario, es tarea fundamental para vencer una de las principales barreras que enfrenta la revolución, y cuyo origen se ubica en tiempos de la esclavitud.

Al lado del racismo y del mestizaje inevitable en la era colonial, nació el endorracismo en nuestra sociedad. Según los investigadores, el endorracista subestima su propio origen africano o indígena. Se hace valer como blanco para tratar de establecer una especie de dominio y de superioridad sobre otras personas con rasgos más cercanos al africano o al indígena. Este complejo se desarrolló durante un régimen de castas donde el blanco era superior al indígena y el indígena superior al negro. Los blancos solicitaban a los no-blancos la demostración de la limpieza de sangre si aspiraban ganar algunos privilegios económicos, políticos, militares o culturales. Para limpiar su sangre, el negro debía mezclarse con el blanco preferiblemente, o por lo menos, con el indígena. De ahí, los segundones, tercerones o cuarterones, según el porcentaje de sangre negra. De modo que el endorracista busca distanciarse del negro y del indígena, para ser parcialmente aceptado por el blanco. Esto generó la competencia entre los individuos con distintos grados de pureza. Víctimas del racismo, se hicieron endorracistas [1].

Además, como si fuera poco, la historia oficial fue anulando los aportes morales y políticos de los Negros afrodescendientes e indígenas. Se menguó más aún la autoestima y se mantuvo el dominio de estos grupos. Víctimas de la desmemoria histórica, continúan siendo endorracistas.

Actualmente por principio ético universal todos los seres humanos son iguales y, científicamente hablando, el género humano es uno e indivisible. Sin embargo, la población de origen indígena y africana, arrastra consigo los mismos prejuicios raciales, y sigue perteneciendo en su gran mayoría a los sectores de menores recursos. La exclusión racial ha cambiado de forma. Ayer castas, hoy clases sociales. El racismo aún reproduce el endorracismo. La industria del entretenimiento, atendiendo a políticas neoliberales, resalta el modelo de vida anglosajón y su fenotipo. En consecuencia, el endorracista de hoy, con baja autoestima, busca atenuar sus rasgos de negro con la ayuda de la cosmética y la cirugía estética. Al mismo tiempo se distancia de quienes tienen acentuados estos rasgos.

En medio de la actual polarización en Venezuela, el endorracista, que busca la aceptación de la clase acomodada, se ve tentado a rechazar al presidente. Un rechazo aparentemente ideológico o político, es utilizado como un artificio para distanciarse fenotípicamente del líder y sentirse engañosamente aceptado por los adversarios que gozan de mayor prestigio social. Obviamente, estas personas desconocen su pasado esclavista y la historia de sus ancestros.

Por último, y tomando en cuenta que los prejuicios racistas y la injusticia social van de la mano, necesario es avanzar simultáneamente en la concientización del racismo, y en la inclusión progresiva de los sectores oprimidos. Debemos estimular en los niños la autoestima y el orgullo de ser Negros afrodescendientes e indígenas. Enseñarles a defender sus derechos como una cultura de la resistencia. Elevar el aporte de los héroes afrovenezolanos e indígenas en la lucha libertaria. Vitorear la firmeza del presidente cada vez que enfrenta al imperio para devolverle la dignidad a todos los venezolanos honestos, sin distinción de rasgos físicos. Enseñarles que somos iguales en derechos, pero con culturas diferentes.


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[1] El racismo oculto de una sociedad no racista. Ligia Montañez, 1993 Caracas, Fondo Editorial Tropykos, Pág. 170.
 

(Versión resumida y publicada el 26 de julio de 2004 en la prensa revolucionaria Viva Venezuela, dirigida por Reinaldo Bolívar y Omar Cruz. Leer también artículo Endorracismo Involuntario).
 
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Endorracismo involuntario

Fernando Saldivia Najul
Julio 2004



Comprender y difundir el fenómeno del endorracismo en la sociedad venezolana de mayoría mestiza, es tarea fundamental para vencer una de las barreras que se presentan en el actual proceso de transformación social, y cuyo origen se ubica en tiempos de la esclavitud. Al lado del racismo y del mestizaje inevitable en la era colonial, se formó el endorracista. Según los científicos, una persona endorracista desestima sus propios orígenes africanos o indígenas. Se hace valer como blanco, tratando de establecer una especie de dominio y de superioridad sobre otras capas de la población racialmente más cercanas al indígena o al africano en sus fenotipos originales. En los mismos sectores desposeídos de la colonia penetraron los prejuicios raciales introducidos por el poder colonial a manera de instrumento ideológico para establecer sus relaciones personales dentro de un ambiente opresivo.

En sus comienzos el racismo se proyecta en un régimen de castas con jerarquía social, política, económica y cultural conforme a las diferencias étnicas. El blanco era la etnia superior respecto al indígena y al negro, pero a su vez el indígena era superior al negro. Dentro de aquella sociedad esclavista la sangre del negro manchaba la limpia sangre de los otros. Los blancos exigían a los demás pureza de sangre para que pudieran disfrutar de privilegios económicos de relativa importancia. La sangre del negro debía ser limpiada a partir de su mezcla con el blanco en primer lugar, o del indígena luego. De ahí, los segundones, tercerones, cuarterones o quinterones, según el porcentaje de sangre negra. De modo que el endorracista se distancia del negro para ser parcialmente aceptado por el blanco. Es un racismo interiorizado por los grupos sometidos, reproducidos por ellos en la práctica a manera de comportamiento discriminatorio entre sí mismos. La persona o el subgrupo, siendo mestiza, se autoafirma como blanco, estableciendo un espacio de superioridad entre él y otras personas más claramente reconocibles como indígenas o como negros. Un fenómeno de impuros que se disputan probables grados de pureza para beneficiarse con las ganancias sociales correspondientes. Un hecho que alimenta el individualismo y la competencia. El endorracista valora negativamente en los otros un carácter que también él posee, sólo que, al parecer, en dosis menor. Dosis que él tampoco quisiera poseer y a la que también descalifica. A su vez es rechazado por otros, dando origen a una cadena de relaciones endorracistas. El mestizo fue a un mismo tiempo víctima del racismo y su reproductor conciente como endorracista [1].

Felizmente hoy hemos dado un gran salto en la evolución cultural. Reconocemos por derecho constitucional y principio universal que todos los hombres son iguales, y la ciencia por su parte ha demostrado que el género humano es uno e indivisible. La ciencia ha rechazado la vieja teoría según la cual hay razas humanas que presentan diferencias biológicas que justifican relaciones de dominio entre ellas. Durante tres siglos hicieron considerar como natural una realidad que era social. Actualmente la población Negra afrodescendiente, sin embargo, sigue perteneciendo en su gran mayoría a los sectores oprimidos, compartiendo el espacio social de menores beneficios. Sólo en una pequeña proporción el mestizaje ha alcanzado el reducido estrato económico medio de la población. Ambas capas arrastran consigo los mismos prejuicios raciales pero menos visibles. La exclusión ha cambiado su forma. Ayer castas, hoy clases sociales, a pesar de que actualmente por ley y por demostración científica, todos somos iguales. Un racismo solapado aún reproduce el endorracismo originario voluntario y conciente. También existe otro menos estudiado que se manifiesta de forma menos conciente, el cual se podría denominar endorracismo involuntario.

Este tipo de endorracismo es transmitido de generación en generación y asimilado por los niños muy precozmente cuando aún no tienen defensas ni razones. Justo cuando es indispensable que la aceptación de los padres sea incondicional. No es fácil comprender este fenómeno. El desconocimiento del plano histórico-social en la conformación de la esfera psíquica de estas personas oscurece la comprensión del psiquismo del endorracista involuntario. Los elementos racistas y endorracistas en estas personas no tienen razonamientos. Su comportamiento racista no es voluntario o decidido, es automático, aparece a pesar suyo. El complejo endorracista de estas personas nace de la mano de la madre o del padre y en el transcurso de su existencia es reforzado desde el contexto social. El endorracista reproduce de manera activa y contradictoria los mismos prejuicios racistas de los cuales él es sujeto o víctima. [2]

Este fenómeno estudiado por psicólogos y científicos sociales, se hace bastante notorio en el actual proceso de transformación social, dirigido por un ciudadano de origen físicamente mestizo, el cual ocupa la máxima magistratura del estado al frente de un proyecto de economía social. Sin embargo, en su afán por mantener sus privilegios graciosos, los dueños de los medios de comunicación, representantes apátridas del capital internacional, impulsan la guerra mediática contra el máximo líder. En lugar de transmitir los logros en el área social, los omiten. En lugar de educar, informar y recrear, se desgastan en su afán transculturizador, resaltando el modelo de vida anglosajón y la superioridad de su fenotipo. En consecuencia, toda aquella persona de origen mestizo que se ha beneficiado en el pasado, en el presente, o que aspira a beneficiarse en el futuro de las migajas que le ofrece el sector empresarial privado, rechaza voluntaria o involuntariamente al presidente de la República. Erróneamente asocia el mestizaje a una economía social. A unas políticas que también lo incluyen a él pero las niega, y trata de distanciarse de su origen mestizo a fin de gozar de la aceptación del medio empresarial. Por otro lado, sorprende con frecuencia encontrar personas Negras afrodescendientes que reconocen los logros de las políticas socioeconómicas del actual gobierno, y rechazan desde el inconciente al propio líder. Estamos en presencia entonces de dos formas diferentes de endorracismo. Uno conciente víctima de las presiones sociales, y otro involuntario que también podría ser reforzado por un medio ambiente de racismo solapado.

De modo que, desde el pasado se ha promovido la tendencia a que sectores de la misma población Negra afrodescendiente, se autoperciban y perciban a las personas de fenotipo similar, de manera prejuiciada y parcialmente negativa. El punto central es la exagerada estimación positiva que se hace en primer lugar de las raíces europeas, a las que se le suman pronto los modelos norteamericanos, para convertirlos luego en patrón socialmente privilegiado, casi omnipotente, y se convierte en guía para orientar el proceso de valoración o desvalorización de la población. Si se toma en cuenta que el ser humano desarrolla una parte importante de su autoestima sobre la base de la autoimagen que la sociedad le ayuda a construir y que ésta se nutre de los modelo colectivos más aceptados, entenderemos que la persona que siendo mestiza es víctima de este proceso endorracista, se autopercibe a la luz de estos modelos privilegiados ya convertidos en prejuicios. El endorracismo presente en numerosos individuos mestizos los lleva a distinguir sus rasgos de negro, los descalifican y hasta tratan de modificarlos, a la vez que se distancian de quienes tienen acentuados estos rasgos y se identifican física y culturalmente con quienes se acercan al modelo de mayor prestigio social. Desde la industria cosmetológica, pasando por las clínicas de cirugía estética, hasta la industria cultural homogenizadora que insiste en imponer el desgastado patrón del norte como superior, están al servicio de este fenómeno endorracista.

Por último, psicólogos y científicos sociales consideran que la superación real de los prejuicios racistas y endorracistas hacia la población Negra afrodescendiente está supeditada a la superación del elemento de fondo que los mantiene, que no es otro que la injusticia social clasista. La conciencia del racismo y del endorracismo es un esfuerzo progresivo por la mejor comprensión de esos procesos en la persona misma como en la sociedad.


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[1] El racismo oculto de una sociedad no racista. Ligia Montañez, 1993 Caracas, Fondo Editorial Tropykos, Pág. 170.
[2] Ibídem, pág. 132.


Difundido por correo electrónico, e impreso en volantes y repartidos en las estaciones de Chacao y Altamira del Metro de Caracas.

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Egoísmo e ignorancia *

Fernando Saldivia Najul
28 junio 2004



La fraternidad, más que un sentimiento piadoso como se entendía ayer, hoy es una necesidad para garantizar la supervivencia y la felicidad de todos los seres humanos. Si el egoísmo produce placeres inmediatos para unas minorías, esta actitud, sin duda, engendra consecuencias nefastas en perjuicio de todos. Delincuencia, epidemias, destrucción del ambiente, conflictos armados. Así lo entendieron todos los gobiernos de los países miembros de la ONU en el año 1948, después de la segunda guerra mundial. Tanto los gobiernos de derecha como los de izquierda firmaron por unanimidad, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El texto nos recuerda que tenemos el derecho de vivir fraternalmente los unos con los otros en una sociedad democrática; el derecho al trabajo con una remuneración que nos garantice la cesta básica, la cual sería completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social; el derecho a la alimentación, al vestido, a la vivienda y a la asistencia médica; el derecho a la educación básica gratuita y obligatoria orientada al desarrollo de la personalidad y al fortalecimiento del respeto a los derechos humanos, así como al derecho a estudios superiores.

Entonces, no se le debe la cesta básica sólo a los que son más trabajadores, más inteligentes o a los que tienen empleo formal, sino a todos por igual, ya que no es un premio al mérito, sino un derecho humano.

Desde el punto de vista moral, se entiende que, hasta que no se respeten y apliquen los derechos humanos a todos los ciudadanos, aquellos que ya gozan de éstos, deben y les conviene posponer sus ambiciones. Deseos inoportunos que pueden de alguna manera comprometer los bienes primarios necesarios para los menos aventajados. Con esta declaración, queda superada la famosa doctrina del egoísmo. Triunfa la moral sobre la selección natural.

Sin embargo, todo esfuerzo debe ir acompañado por la lucha hacia un nuevo y reordenado mundo multipolar, donde la integración entre países subdesarrollados, se muestra mucho más optimista que las alianzas asimétricas de países pobres con países ricos. Solo así se conseguiría la soberanía de un estado libre para administrar sus propias riquezas en provecho de sus habitantes.

Para alcanzar ambos objetivos, igualdad ciudadana con soberanía de Estado, urge una campaña de concientización y la revisión de los programas de estudios a fin de formar, más que bachilleres y profesionales, formar buenos ciudadanos con especial énfasis en el tema de la solidaridad. La solidaridad se educa. Por lo que, aquellas personas que aún tienen sentimientos egoístas, tienen todo el derecho a la educación cívica que les fuera negada en su oportunidad. Sin embargo, la tarea no es fácil cuando ha prevalecido por más de dos siglos un ambiente hedonista. Un mundo donde se reduce la felicidad a los placeres sensoriales intensos, pero inestables, dejando a un lado los placeres más estables como los placeres intelectuales, artísticos, deportivos, morales y espirituales. Esta inversión de valores sólo despierta en los jóvenes la envidia y el egoísmo, al tiempo que se exponen a la opresión y al chantaje. El deseo desordenado los lleva a una competencia desleal por el lucro, al punto de comprometer la cesta básica de la mayoría.

En suma, es el Estado con la ayuda del sector empresarial privado quien debe satisfacer las necesidades básicas de todos los ciudadanos. No obstante, cuando el sector privado no tiene la capacidad o la buena voluntad para contribuir a ello, es sobre el Estado donde se deposita una mayor obligación moral, ya que los ciudadanos eligen a los servidores públicos pero no eligen a los empresarios privados. Asimismo, es función de Estado definir políticas que contribuyan a la felicidad de todos. Pero no una felicidad exclusivamente hedonista, la cual la hace frágil, engañosa, ilusoria, sino, una felicidad más estable que también incluya la práctica de las virtudes y el desarrollo de las potencialidades humanas.


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* Versión resumida y publicada el 28 de junio de 2004 en la prensa revolucionaria Viva Venezuela, dirigida por Reinaldo Bolívar y Omar Cruz).

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Egoísmo e ignorancia

Si la raíz del egoísmo es la ignorancia, quienes lo padecen tienen derecho a la re-educación gratuita y obligatoria.

Fernando Saldivia Najul
11 febrero 2004



La fraternidad, más que un sentimiento piadoso como se entendía en tiempos remotos, hoy es una necesidad para garantizar la supervivencia y la felicidad de todos los seres humanos. Incluyendo la supervivencia y la felicidad de las personas que aún hoy abrigan sentimientos egoístas. Se sabe que el egoísmo pudiera proporcionar placeres inmediatos para unas minorías, pero, sin duda, esta actitud engendra consecuencias nefastas a mediano y largo plazo en perjuicio de todos. La delincuencia, luego las epidemias, la destrucción del ambiente, en especial el ambiente urbano, y finalmente, los conflictos armados. Males que afectan a todos por igual.

Así lo entendieron todos los gobiernos de los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas en el año 1948, después de la segunda guerra mundial. Naciones racistas y naciones antirracistas, vencidos y vencedores, clasistas y luchadores de clases, gobiernos de derecha y gobiernos de izquierda. Todos, todos por unanimidad resolvieron en Asamblea General: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse. De tal manera que, esta declaración constituye el contrato social más importante entre los seres humanos, y tiene una enorme fuerza moral que supone una obligación de los estados de respetarla.

Entre los derechos citados por la Declaración, compuesta por treinta artículos, se encuentran: el derecho a vivir en una sociedad democrática donde nos comportemos fraternalmente los unos con los otros; el derecho al trabajo con una remuneración que garantice la cesta básica conforme a la dignidad humana, la cual debe ser completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social; el derecho a la alimentación, al vestido, a la vivienda y a la asistencia médica; el derecho a la educación básica gratuita y obligatoria orientada al desarrollo de la personalidad y al fortalecimiento del respeto a los derechos humanos, así como al derecho a estudios superiores. Todos bienes que contribuyen al desarrollo humano de los pueblos.

En otras palabras, todo ser humano tiene derecho a ser alimentado, vestido y de habitar en una vivienda digna, al tiempo que sus padres, la sociedad o el Estado, le dan la educación necesaria y obligatoria para hacerlo útil a la comunidad. Ya preparado para el campo laboral, la sociedad y el Estado también tienen la obligación de facilitarle un empleo digno conforme a su formación, y de garantizarle como mínimo la cesta básica, sea cual sea su capacidad de producción. Ya sea con un salario justo, con subsidios, o ambos. En caso de desempleo, igual tiene derecho a la cesta básica, por la vía de programas de seguridad social. Entonces, no se le debe la cesta básica sólo a los que son más trabajadores, más inteligentes o a los que tienen empleo formal, sino a todos por igual.

Desde el punto de vista moral, se entiende que, hasta que no se respeten y apliquen los derechos humanos a todos los seres humanos, aquellos que ya gozan de éstos, deben y les conviene posponer sus ambiciones. Deseos inoportunos que pueden de alguna manera comprometer los bienes primarios necesarios para los menos aventajados, los cuales aún no disfrutan de los derechos fundamentales. O al menos, no deberían entorpecer las políticas sociales que ejercen los ciudadanos de buena voluntad, orientadas en este sentido. Por lo tanto, esto no sólo debe ser la política de un estado en particular, sino que es un compromiso moral de todos los estados y de todos los hombres y mujeres, invocar principios éticos universales para hacer justicia. Y con la justicia viene la paz y el bienestar de todos. Queda así con esta declaración, superada la famosa doctrina del egoísmo. Triunfa la moral sobre la selección natural.

Por otro lado, si el fin último del Estado es proporcionar bienestar para todos, el camino para llegar a éste casi siempre se ve obstaculizado por la concentración del poder en un mundo unipolar o, en el mejor de los casos, bipolar. Por ello, urge dividir el poder. Todo esfuerzo debe ir acompañado por la lucha hacia un nuevo y reordenado mundo multipolar, donde la integración entre países subdesarrollados, se muestra mucho más optimista que las alianzas asimétricas de países pobres con países ricos. Solo así se conseguiría la soberanía de un estado libre para ejecutar los programas de seguridad social, con plena libertad para administrar sus propias riquezas en provecho de sus habitantes.

Para alcanzar ambos objetivos, igualdad ciudadana con soberanía de Estado, se necesitan campañas de concientización sobre los derechos humanos, sobre la libre autodeterminación de los pueblos, y sobre los beneficios de la comunión de países hermanos. Para ello, es menester además la revisión de todos los programas de estudios básicos y estudios superiores, tanto humanísticos como tecnológicos, a fin de formar más que bachilleres y profesionales, formar buenos ciudadanos. Buenos ciudadanos preparados para producir bienes y prestar servicios, y capacitados para distribuir éstos con justicia. Educarlos para fortalecer el respeto de los derechos humanos como señala la Declaración, y con especial atención a los menos solidarios. Sí, a los menos solidarios. Porque aquellas personas que tienen sentimientos egoístas, son ignorantes de los derechos humanos y, si son ignorantes de los derechos humanos, tienen el derecho a la educación cívica que les fuera negada en su oportunidad.

Sin embargo, la reivindicación del derecho a la re-educación para aquellos poco solidarios, se hace cuesta arriba, cuando ha prevalecido por más de dos siglos un ambiente hedonista. Un mundo donde se reduce la felicidad a los placeres sensoriales intensos pero inestables, dejando a un lado los placeres más estables como los placeres intelectuales, artísticos, deportivos, morales y espirituales. La inversión de valores, con el consumismo a la cabeza, favorece al comercio internacional, a la concentración de capitales y a la concentración del poder trasnacional. Y sólo despierta en los jóvenes la envidia, el egoísmo, y la ambición, exponiéndose a la opresión, humillación y el chantaje, lo que les produce ansiedad. El deseo desordenado los lleva a una competencia desleal por el lucro, al punto de comprometer la cesta básica de la mayoría. Cesta básica, que por supuesto, no representa un premio de ninguna competencia, sino que simplemente se exige por derecho. Como es obvio, la competencia desleal por el lucro va en detrimento de todos, y el egoísmo queda contraindicado para alcanzar la felicidad.

De tal manera que, respondiendo a un principio ético universal, el Estado y el sector empresarial privado de todos los países, deben garantizar la cesta básica y los derechos humanos de todos los ciudadanos sin excepción. No obstante, cuando el sector privado no tiene la capacidad o la buena voluntad para contribuir a ello, es sobre el Estado donde se deposita una mayor obligación moral, ya que los ciudadanos eligen a los servidores públicos pero no eligen a los empresarios privados. Asimismo, es función de Estado definir políticas que contribuyan a la felicidad de todos. Pero no una felicidad exclusivamente hedonista, la cual la hace frágil, engañosa, ilusoria, sino, una felicidad más estable que también incluya la práctica de las virtudes y el desarrollo de las potencialidades humanas.


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Difundido el 11 de febrero de 2004 por correo electrónico, e impresa en volantes y repartidos en las estaciones de Chacao y Altamira del Metro de Caracas.

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