Revolucionar la felicidad

Fernando Saldivia Najul
30 diciembre 2005



Son admirables los logros en materia de redistribución de la renta petrolera, los cuales incluye a los pueblos hermanos de todo el continente. Eso es justicia sin fronteras con espíritu integrador. Eso es revolución. Sin embargo, para sustentar ese gran avance en justicia social, también es necesario revolucionar la felicidad.

Hasta el momento, el venezolano promedio, de cualquier estrato social, conoce el ideal de felicidad individualista que transmiten los canales comerciales. Y no conoce otro. Aquí entran chavistas y antichavistas por igual.

Entonces me pregunto: ¿qué modelo de felicidad conocen la mayoría de maestros y profesores de las escuelas bolivarianas y de las escuelas privadas? ¿No es el mismo que el del venezolano promedio? ¿qué hay del hombre nuevo? ¿Que hay de la reeducación del adulto? ¿Quién va a reeducar a los “chavistas” oportunistas?

Y por otro lado, ¿hay suficiente reserva moral y humanística en nuestro país, que pueda combatir la ideologización sostenida e incansable de los mass media de la cultura dominante? ¿Se puede reeducar a los maestros que a su vez formarán a las niñas y niños, cuando todos ellos, al final del día vuelven a sus casas y se instalan frente al televisor a ver la programación y la publicidad propias del pensamiento único? ¿Es suficiente la Ley Resorte?

Cuando reflexiono sobre esto, siempre pienso en las experiencias del socialismo real en materia de reeducación ideológica de los intelectuales y de las masas. Son tentadoras, pero aun no contamos con la soberanía necesaria para cerrar o sancionar a los medios audiovisuales. Es lamentable. Ellos son los responsables, desde mediados del siglo pasado, de seducir la mente de la mayoría con el ideal de la felicidad mezquina.

Por cualquier vía, la rápida o la lenta, el fin último de la revolución es compartir la felicidad. Se trata de extender nuestro “obrar bien”. Se trata de abandonar progresivamente la felicidad individualista, o la felicidad del entorno íntimo, para finalmente abrazar la felicidad compartida por toda la sociedad.

Suena bien, pero, ¿cuál es ese modelo de felicidad compartida que necesitamos los venezolanos? No lo sabemos aún. Pero, cualquiera que sea el modelo o los modelos a plantearnos, deben considerar conjuntamente, tanto la noción subjetiva de vivir bien, como la noción objetiva de comportarse bien. Esta última, no por casualidad, casi siempre ausente en los mensajes que transmite la televisión de las transnacionales. Sus mensajes contienen valores contrarios. Prevalece el poder, el prestigio y los placeres sensoriales, sin ningún tipo de discernimiento entre el bien y el mal.

Entiéndase que, vivir bien y comportarse bien debe ser el proyecto. Y son las propias comunidades las que tienen que redescubrir sus necesidades reales de bienestar, y abandonar las necesidades creadas progresivamente, que son, en definitiva, las que generan más injusticia y destrucción del ambiente.

Entonces, no se trata solamente de la redistribución de la riqueza y de la integración. Estoy convencido que, mientras la felicidad tenga rostro de competencia y de consumo, ambos enemigos de la familia, de la amistad y del amor al prójimo, el poder aun lo tendremos compartido con las transnacionales que facilitan esas posibilidades. Y por el contrario, en la medida en que la felicidad se asemeje cada día más a la autorrealización y a la solidaridad, veremos a las transnacionales, proveedoras de bienes y servicios innecesarios, irse en retirada junto con sus televisoras bien lejos.

En fin, necesario es revolucionar por consenso la felicidad. Especialmente entre los sectores privilegiados “chavistas” y antichavistas, que aún se mantienen embriagados con el mensaje hollywoodense.


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Publicado en Aporrea.org el 30/12/05
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