¿Por qué los escuálidos consumen y creen todo lo que ven y oyen por Globovisión?

Fernando Saldivia Najul
29 noviembre 2008


Cuando sale un nuevo modelo de carro, o de moto, y lo presentan por la televisión, los escuálidos van y lo compran aunque tengan un vehículo en perfectas condiciones. Del mismo modo, si les dicen que ganaron las elecciones regionales del 23 de noviembre, van y se lo cuentan a todo el mundo y no los restriegan en la cara, sin al menos revisar la página Web del Consejo Nacional Electoral. Son 24 horas de manipulación de las conciencias. Acabo de escuchar a un adeco por Globovisión diciendo, palabras más palabras menos, que el pueblo no tiene la libertad de elegir al Presidente indefinidamente, y que en cambio las emisoras de televisión sí tienen el derecho a que los burócratas del Estado le otorguen una concesión para siempre. Semejante disparate lo creen y lo repiten los escuálidos a cada rato. Todo esto no es más que el consumo y la opinión pública irracional.

A lo largo de la historia, el poder siempre se las ha ingeniado para engañar y manipular a las masas. Pero a partir de los estudios de Freud esto se profundizó a unos niveles que sorprendieron. Por allá por los años veinte, el padre de la manipulación mediática, Edward Bernays, el sobrino de Freud, fue el primero en utilizar los descubrimientos sobre el inconciente para manipular a las masas. Bernays logró que las grandes corporaciones de los Estados Unidos les vendieran a las personas bienes y servicios que no necesitaban. Esta idea de crear necesidades no era nueva, sabemos que ya existía cuando comenzó la revolución industrial, pero en los años ’20 adquirió más fuerza. Los Estados Unidos ya vivían en “democracia” y la represión física estaba limitada. De modo que era necesario que las personas se distrajeran consumiendo para que no molestaran a las elites. Bernays luego utilizó las mismas técnicas en la propaganda de guerra y la propaganda política, y también para montar dictaduras en los países más democráticos que los Estados Unidos.

Recordemos que Freud era pesimista, escéptico, no creía en las masas organizadas. Freud desconfiaba de la naturaleza humana del ser humano. Pensaba que las personas tienen instintos animales peligrosos y que no siempre pueden controlarlos de manera conciente. Por lo tanto, creía que “una masa ávida de goce y de destrucción debe ser sofrenada por la fuerza de una sabia y prudente clase superior”.[1] Como no creía en una sociedad no represiva, pensaba que el comunismo era una ilusión.[2] “Evidentemente —decía Freud—, al hombre no le resulta fácil renunciar a la satisfacción de estas tendencias agresivas suyas; no se siente nada a gusto sin esa satisfacción”.[3] Más tarde, el filósofo alemán Herbert Marcuse criticó las creencias de Freud. Inspirado en Marx, consideraba que no había tal tendencia oculta en la naturaleza humana, sino que era más bien un fenómeno histórico. Marcuse hablaba de la “represión sobrante”, y del principio de actuación que modifica el principio de realidad freudiano. [4] Según él, esta cuota adicional y monstruosa de represión es la que la humanidad paga porque la sociedad está estructurada bajo la dominación. Y ésta, históricamente hablando, es la dominación del capital. En la misma corriente de pensamiento, el filósofo alemán, Wilhelm Reich, consideraba que la represión social era la causa de que los seres humanos fueran peligrosos. Donde Freud veía un incontrolable y violento infierno de emociones, Reich veía simplemente el resultado de no permitir que estos impulsos se expresaran libremente. Pensaba que se debía liberar a las personas de las estructuras patriarcales de índole vertical, de represión y control, que convierten a los seres humanos en entes infelices y dóciles dispuestos a obedecer ciegamente los designios de las elites económico-políticas de la así llamada civilización occidental.

Sin embargo, el poder ignora el análisis freudomarxista, y se apoya desde entonces en las creencias de Freud, con el objeto de controlar a las masas en democracia. Es así como Bernays, al servicio de las corporaciones y del gobierno, utilizó la manipulación de los deseos inconcientes para promover el consumo irracional y aumentar las ganancias de las empresas, al tiempo que servía como mecanismo de control social. De esta manera se hacía a las personas “felices” y dóciles. Y tuvo mucho éxito. De hecho, Bernays logró manipular el inconciente de las mujeres estadounidenses y las persuadió para que empezaran a fumar. Él supo que el cigarrillo era un símbolo fálico, y conectó la idea de fumar con el desafío del poder. De modo que la idea de fumar producía en las mujeres un sentimiento de independencia y libertad. Esta idea era completamente irracional, las mujeres no eran más libres, pero ellas se lo creyeron. Inmediatamente, aumentaron las ventas de las tabacaleras.

A partir de ese momento, la compra de productos era mucho más emocional que racional. Los objetos se convertían en símbolos de cómo quieres que te vean los demás. La publicidad ya no mostraba el valor práctico de las cosas. Los carros, por ejemplo, se empezaron a vender como símbolos de sexualidad masculina. El automóvil los hacía sentir más hombres. Es así como finalmente se pasó de una cultura de la “necesidad” a una cultura del “deseo”.

Uno de los banqueros líderes de Wall Street, Paul Mazer, de Lehman Brothers, lo tenía bien claro. Nosotros —dijo— “debemos cambiar este país de necesidad por un país de deseo: las personas deben ser entrenadas para desear cosas nuevas, incluso antes de que las anteriores estén totalmente inutilizable (…) debemos formar una nueva mentalidad en los Estados Unidos; los deseos de las personas deben subyugar sus necesidades”.[5] Por su parte, el presidente Herbert Hoover, una vez en el poder le dijo a un grupo de anunciantes y relacionistas públicos: “Se les ha asignado el trabajo de generar deseo y de trasformar a las personas en «máquinas de felicidad» en constante movimiento…máquinas que se han trasformado en la clave del progreso.[5] Si las élites estadounidenses subestimaban a los propios ciudadanos estadounidenses, nos podemos imaginar lo que piensan de nosotros.

Más tarde, los manipuladores de oficio, al servicio de las grandes corporaciones, hicieron una conexión entre la idea de democracia y las empresas privadas, y hacían creer a la gente que no se podía tener una verdadera democracia fuera de una sociedad capitalista. Pero ésta era una forma de democracia que dependía de tratar a la gente no como ciudadanos activos, sino como consumidores pasivos. Se trataba de la democracia de masas. Entonces, deciden lanzar una campaña para crear apegos sentimentales entre el público y las grandes empresas. Así lo hicieron y tuvieron tal éxito que trascendió sus propias fronteras. Hoy podemos ver cómo los escuálidos sienten simpatía por los empresarios aunque los exploten y aunque no les permitan tomar decisiones, al tiempo que, sienten animadversión por el Presidente Hugo Chávez, quién ha gestionado clínicas gratuitas para todos y ha reconocido el poder de los ciudadanos, así como el derecho que tenemos de decidir todos los años por elecciones, y de participar todos los días en los consejos comunales, inclusive los consejos comunales de los sectores acomodados.

Cuando EEUU entró en la segunda guerra mundial, Bernays trabajó para el gobierno para promover la guerra. Él sabía cómo se construía el poder de las élites, y se puso a su servicio. Ya en 1928 decía que “aquellos que manipulan el mecanismo oculto de la sociedad constituyen un gobierno invisible, que es el verdadero poder que gobierna nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar. Esto es un resultado lógico de la manera en que está organizada nuestra sociedad democrática. Grandes números de seres humanos deben cooperar de esta forma, si quieren vivir juntos como una sociedad que funciona con fluidez. (…) en casi cualquier acto de nuestras vidas, sea en la esfera de la política, de los negocios, en nuestra conducta social, o en nuestro pensamiento ético, estamos dominados por un número relativamente pequeño de personas que entienden los procesos mentales y los patrones sociales de las masas. Son ellos quiénes manejan los hilos que controlan la opinión pública,…". [6]

También decía que es posible "reglamentar la mente pública exactamente igual que un ejército reglamenta a sus soldados".[6] Este era el sobrinito de Freud. Otro de sus logros fue cuando dirigió la campaña de relaciones públicas de la United Fruit Company en 1954 con el fin de preparar la intervención militar de los Estados Unidos para derribar al gobierno democrático de Guatemala.

Pues bien, amigas y amigos, si en el pasado, cuando fumar era tabú, se pudo manipular el inconciente para las mujeres empezaran a fuman, y también se pudo persuadir a los estadounidenses de que Guatemala era una amenaza para la seguridad de la potencia militar más grande de la historia, no debe sorprendernos que hoy con mejores técnicas de propaganda, Globovisión en pocas horas haya fabricado la opinión de que los escuálidos ganaron las elecciones.

Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, y un importante analista político, consideraba que la propaganda podía utilizarse para “fabricar consenso”. Según nos dice Noam Chomsky, el propio Lippmann sostuvo a principios de los años veinte, que la propaganda se había convertido ya en “un órgano regular del gobierno popular” y que su sofisticación e importancia aumentaba sin cesar.[7] Para Lippmann, esto no era censurable, puesto que los intereses comunes en gran parte eluden a toda la opinión pública, y sólo pueden ser dirigidos por una clase especializada cuyos intereses personales trascienden lo meramente local.[7] Aquellos “hombres responsables” que son los indicados para tomar decisiones, prosigue Lippmann, deben “vivir libres del pisoteo y el bullicio de un rebaño azorado”. Esos “extraños entrometidos e ignorantes” deben ser “espectadores”, no “participantes”.[8] De modo que en la democracia de masas conviven la clase especializada que piensa, entiende y planifica los intereses comunes, y el rebaño desconcertado que son espectadores y no miembros participantes. Y no podía ser de otra manera. Ya en los debates celebrados en 1787 en la Constitución Federal, James Madison, el cuarto presidente de los Estados Unidos, conocido como el padre de la constitución de los Estados Unidos, consideraba que se debía “proteger a la minoría de los opulentos de la mayoría”.[9] ¡Qué bolas!

Es con este espíritu que nace la democracia de los Estados Unidos, y es el mismo espíritu que mueve a las burguesías criollas de la América Latina. Pero los escuálidos nunca creerían esto, porque lo dice Chomsky, y no lo dice Globovisión. Como que si Globovisión se la pasara investigando en las bibliotecas y archivos históricos. No me jodan.

A Globovisión solo le toca manipular a la masa de profesionales y alzar las banderas de libertad y democracia. Porque ellos piensan que es muy peligroso dejar a los seres humanos expresarse totalmente. Se les debe controlar continuamente, pero este control no los hace sentir verdaderamente felices. Y como siempre están descontentos porque no toman decisiones, y porque están esclavizados en un trabajo alienado, a cambio de esto se les invita a consumir, y se sienten “libres” y “felices” cuando consumen. Es de esta manera que drenan la energía erótica que no pueden canalizar a través del trabajo creativo, y la toma de decisiones. Porque entiendo que una persona libre es aquella que no recibe órdenes de nadie. Y esto no lo inventó Marx, esto es una idea de la ilustración.

De manera que viven en una rutina de represión y consumo irracional, de trabajo forzado y consumo irracional, de miedos y consumo de opinión fabricada. Opinión que comparten en la calle con los demás esclavos para tratar de drenar el miedo que les inocula la misma Globovisión. Pero es en vano, el miedo persiste. El miedo es necesario para que vuelvan a encender la televisión. Y eso está fríamente calculado. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque si no están atemorizados, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso, ya que, según las élites, el rebaño humano no tiene inteligencia social. Por ello es importante distraerles y marginarles. Hoy día la opresión hacia los sectores consumistas ha sido ampliamente interiorizada y aceptada como legitima y apropiada. Sin embargo, las elites le temen. El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. Es por ello que Globovisión tiene que necesariamente disparar mensajes las 24 horas.

De manera que el capitalismo crea la represión, y también crea la liberación a través del consumismo para que el poder no se le vaya de las manos. Es una herramienta de control social. Y este consumismo a su vez es necesario para la acumulación infinita de capital. Ya no hace falta la represión física. Hoy se controla a los escuálidos con la alimentación de sus infinitos deseos. En lugar de utilizarse las teorías de Freud para liberar a las personas internamente, para desalienarlas, lo que se hizo fue utilizarlas para profundizar su sometimiento y alienación.

El activista político y mártir surafricano Stephen Biko sufrió, al igual que nosotros hoy, cuando percibía la ignorancia de sus hermanos africanos, y cuan fácil resultaba la manipulación de sus conciencias. Lo expresó de esta manera:

“El arma más potente en manos del opresor es la mente del oprimido”.


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[1] Sigmund Freud, Mi relación con Josef Popper-Lynkeus, 1932. Obras Completas de Sigmund Freud. Editorial Biblioteca Nueva, Tercera Edición, Madrid, 1973.Tomo III, pág. 3097.
[2] Sigmund Freud, El Malestar en la Cultura. Alianza Editorial, Madrid, 1995, pág. 54.
[3] Ibídem, pág. 55.
[4] Herbert Marcuse, Eros y Civilización. Sarpe, S.A., Madrid, 1983, pág. 13-14.
[5] Citado por Adam Curtis, The Century of the Self, BBC, 2002.
[6] Edward L. Bernays, Propaganda. Horace Liveright, New York, 1928.
[7] Walter Lippmann, Public Opinion, Allen & Unwin, Londres, 1932, pág. 248 y 310. Citado por Noam Chomsky y Edgard S. Herman, Los Guardianes de la Libertad (Manufacturing Consent. The Political Economy of the Mass Media). Grijalbo Mondadori, S.A., Barcelona, 1990, pág. 13.
[8] Noam Chomsky, Hegemonía o Supervivencia: El dominio mundial de EEUU. Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004, pág. 14.
[9] Ibídem, pág. 15.


Publicado en Aporrea.org el 29/11/08
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Escoger pareja en el mercado de hombres y mujeres

Fernando Saldivia Najul
09 noviembre 2008


La televisión nos presenta el mundo como un gran mercado. Y dentro de ese mercado nos encontramos nosotros como una mercancía más. En el paso universal del valor de uso al valor de cambio se produce la cosificación de las personas. En consecuencia, todos nosotros tenemos un valor de uso y un valor de cambio, somos intercambiables, somos comprables, estamos en las estanterías como cualquier producto. Nos puede comprar un empresario para utilizarnos como a una máquina, o como a una computadora, con un valor económico, pero también nos puede comprar una persona del sexo opuesto para utilizarnos como un proveedor de bienes y servicios, o como un objeto, o para adquirir prestigio o poder por transferencia, como valores de la sociedad capitalista. Salvo raras excepciones, es de esta manera como lamentablemente se escoge a una pareja en la sociedad capitalista.

En la esfera del consumo del otro o la otra en la relación de pareja, tenemos un valor de cambio de acuerdo a un valor social. Pero este valor social que tenemos no es el valor social que pudiéramos tener, por ejemplo, en una sociedad socialista, sino que es el valor social que tenemos en la actual sociedad capitalista y con el cual somos intercambiados como mercancías a favor del capital. Dentro de este escenario, la industria cultural, la cual depende de las corporaciones, es la encargada de promover y reforzar todos los días estos valores por medio de películas, periódicos, revistas, libros, y muy especialmente, a través de la publicidad y las novelas que transmiten por los medios de comunicación.

Por ser el capitalismo una sociedad necesariamente machista y racista, el hombre tiene más valor social que la mujer, y el ario tiene más valor social que el africano, el amerindio, el indio, el asiático, el árabe, el persa. Sin embargo, como la mayor relación antagónica del capitalismo, la conforman los opuestos históricos: capital y trabajo, ya que el primero domina al segundo, entonces el dinero vale más que el fenotipo de la persona. De modo que, sin un africano tiene dinero vale más que un trabajador ario.

Pues bien, desde la infancia se es víctima de este bombardeo de símbolos, y ahora las personas tienen en la cabeza los patrones de belleza mediáticos. Inocularon en la mente de las personas los esquemas de selección de pareja. Cuando lo natural es que las personas se vean atraídas por su sexo opuesto con su propio fenotipo, lo que garantizaría la supervivencia de su etnia, y la diversidad, ahora las personas se ven inconcientemente atraídas por el fenotipo de quienes los dominan. Todo esto favorece al capital.

Pero las características que hacen atractiva a una persona no son solamente físicas, también es importante la forma de pensar. Mientras más alienada, más valor social tiene la persona. Ésta debe producir suficiente dinero como para poder consumir lo que diga la televisión. Si produce solo lo necesario para consumir las necesidades materiales reales, queda muy por debajo de aquel que emplea todo su tiempo para producir el dinero necesario para obtener bienes y servicios innecesarios que son creados por el mercado a favor del capital. De modo que, cuando escogemos pareja, inconcientemente lo hacemos con un criterio de selección que favorece a quienes nos dominan.

Por ejemplo, cuando un hombre compra un vehículo, lo hace principalmente porque las mujeres, a través de la publicidad y de las novelas, ven que un hombre las valora y las quiere en la medida que las transportan y las pasean en un vehículo último modelo. Igual pasa con los restaurantes. Las mujeres aprenden por la televisión que los hombres las quieren en la medida que las llevan a restaurantes. Así, mientras más gasta el hombre para darle gustos y comodidades a la mujer, en esa misma medida la mujer se siente valorada, “amada”. Y ni hablar cuando se antojan de un viaje de placer a los Estados Unidos o a Europa. De modo que los hombres tienen que pasar de 8 a 12 horas realizando un trabajo alienante, que los agobia, que no los satisface, para ganarse el dinero necesario para que las mujeres les hagan compañía. Igual pasa con la mujer. La mujer tiene que hacerse las tetas, vestirse a la moda, y maquillarse, solo para conseguir a un hombre que la represente y la acompañe a alcanzar las metas que le impone la sociedad capitalista.

Ya lo dijimos al comienzo de este artículo, el mundo es un gran mercado, y nosotros somos unas mercancías. En consecuencia, la sensación de enamorarse también se desarrolla con respecto a las mercancías humanas que están a nuestro alcance. Es un negocio como cualquier otro. El objeto —mi pareja— debe ser deseable desde el punto de vista de su valor social —definido por la televisión— y, al mismo tiempo, debo resultarle deseable, teniendo en cuenta mis valores y potencialidades manifiestas y ocultas. En este sentido, los que piensan y visten a la moda son mayoría y tienen un universo mayor de selección de pareja.

Erich Fromm, freudomarxista alemán-estadounidense, decía en el El Arte de Amar, que “dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio. Lo mismo que cuando se compran bienes raíces, suele ocurrir que las potencialidades ocultas susceptibles de desarrollo desempeñan un papel de considerable importancia en tal transacción. En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo”. [1]

Todo un negocio. De modo que, no nos debe sorprender que la industria cultural edite libros de autoayuda para parejas, donde se aconseja a sus lectores que no discutan ni peleen, sino que “negocien” con su pareja. El lenguaje de la ideología capitalista está también de manera inconciente en los escritores al servicio del capital, y en las relaciones de pareja mercantiles al servicio del capital. Cuando dos personas se “enamoran” a partir de valores de intercambio, hablamos del “amor” como mercancía, hablamos del mercadeo del “amor”. Amor entre comillas, porque no puede nacer el verdadero amor del interés material, ya que el interés y el amor son antagónicos. Igual pasa con los contratos matrimoniales. No puede nacer el verdadero amor enre parejas con contratos matrimoniales. Y de esto saben bastante los anarquistas: no se puede amar a una persona que no es libre.

Sobre el amor del hombre moderno, Fromm nos dice que “nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales, como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y de consumo. La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al carácter social del hombre moderno. Los autómatas no pueden amar, pueden intercambiar su «bagaje de personalidad» y confiar en que la transacción sea equitativa”. [2]

Si los autómatas no pueden amar, como dice Fromm, entonces las hijas e hijos que vienen a este mundo no son producto del amor, sino producto de una empresa. Y esa empresa está al servicio del capital. La niña y el niño serán domesticados y disciplinados para producir plusvalía.

Ahora bien, cuando escogemos pareja nos podemos equivocar. Por ejemplo, si un hombre se antoja de una mujer que tenga el patrón de belleza mediático, lo más probable es que tenga que invertir más dinero en gimnasio, cosméticos, restaurantes, vehículos, y viajes. De igual manera si una mujer se antoja de un hombre con patrones de belleza mediáticos, lo más probable es que la trate como el mejor de los machistas. Esto es así, sencillamente porque tanto la mujer como el hombre que tienen los patrones de belleza mediáticos, están siendo permanentemente promocionados por la televisión, amén de los halagos, piropos, y de las llamadas por teléfono que reciben a diario de parte del sexo opuesto para mostrar su valor social. Cuando eufemísticamente se habla de “conquistar a alguien”, lo que se está haciendo no es otra cosa que “negociando con alguien”.

Puro negocio. El verdadero amor, los verdaderos sentimientos, no se pueden negociar, pero sí se puede negociar el sexo, y también las emociones. De hecho, desde la infancia, las mujeres son más reprimidas que los hombres. Hoy en día, muchas de ellas suelen reprimir sus deseos, y sus emociones hasta tanto no tengan certeza de que están haciendo un buen negocio. Por ejemplo, es frecuente escuchar a los machistas decir que si se invierte en un buen restaurante es factible recibir sexo de una amiga que se encuentre bastante alienada por la televisión. Aquí ambos, hombre y mujer, son víctimas del sistema. La mujer tiene menos valor social que el hombre, por lo tanto, se ve obligada a administrar su cuerpo porque éste representa para ella, según la televisión, algo valioso que puede ofrecer en los acuerdos con los hombres. La represión emocional de la mujer, hace que, aludiendo a la ley de la oferta y la demanda, su sexo sea más demandado que ofertado, en consecuencia, el sexo del hombre es más barato que el de la mujer, y éste debe entonces exponerse más a la explotación, trabajar y producir más dinero para comprar compañía femenina. En el capitalismo no hay compañía gratuita.

Ya vimos como nosotros actuamos espontáneamente bajo las formas de comprar, vender, y valorar. Este esquema de pensamiento se hace más rígido en la medida que más nos adentramos en el campo laboral. Esto es, mientras más producimos dinero, y más consumimos necesidades creadas, más nos alienamos. De hecho, cuando uno es adolescente y aun se encuentra estudiando, las relaciones de pareja suelen ser menos mercantilistas que cuando estamos inmersos hasta los tuétanos en el gran mercado. La televisión trabaja la mente de las personas desde la infancia. Con los años aumenta la alienación. Ya a los 25 o 30 años de edad, estamos entrenados para mercadear lo que sea.

Pero no podemos ser tan pesimistas. Se puede abandonar el intercambio para aprender a amar. “Amar —dice Fromm— es fundamentalmente dar, no recibir. (…) El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa. (…) Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad. (…) Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él —da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza—, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio”. [3]

Entonces, el amor es un poder que produce amor, y la impotencia es la incapacidad de producir amor. Sobre este particular, Marx nos dice: “Si te imaginas ahora a un hombre como hombre y su relación con el mundo como relación humana, podrán cambiar el amor sólo por el amor, la confianza sólo por la confianza, y así sucesivamente. (…) Si amas sin ser correspondido, es decir, si tu amor como amor no genera amor recíproco, si con tu manifestación vital como hombre que ama no logras ser un hombre amado, tu amor es impotente, es una desgracia” [4]

Marx habla de cambiar amor por amor. Sin embargo, se podría interpretar que amor por amor no es un intercambio como tal, ya que lo que se cambia es la dirección o el sentido, porque el amor es el mismo. Y es con este amor verdadero como realmente se puede superar el sentimiento de soledad y angustia que produce la separatidad. Porque tenemos conciencia de nuestra separatidad cuando nos separamos de nuestros vínculos primarios: el niño se separa de la madre y el ser humano se separa de la naturaleza.

Para concluir, amigas y amigos lectores, así como tenemos que combatir el hambre, proteger el ambiente, liberarnos del trabajo alienado, la revolución también tiene que producir una nueva educación sentimental. En otras palabras, tenemos que liberarnos del mercadeo del “amor”, liberarnos de la alienación del amor. Cuando ya no exista el salario y la explotación, entonces las relaciones de pareja no se harán por intercambio, el sexo será libre de pago, y nacerá el verdadero amor. El amor verdadero es un valor cultural necesario para superar el sentimiento de soledad. Porque se puede estar acompañado y sentirse solo, como cuando se mercadea el “amor”, y al contrario, se puede estar solo y sentirse acompañado, como cuando se está realmente enamorado y la persona amada está ausente.


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[1] Erich Fromm, El Arte de Amar. Ediciones Paidos Ibérica, S.A., Barcelona, 1988, pág. 15.
[2] Ibídem, págs. 87 y 88.
[3] Ibídem, págs. 31-33.
[4] Karl Marx, Manuscritos Filosóficos Económicos de 1844, Editorial Progreso, Moscú (sin fecha de edición).Tercer Manuscrito, pág. 116.


Publicado en Aporrea.org el 09/11/08
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Ludovico Silva: La Plusvalía Ideológica

Fernando Saldivia Najul
05 noviembre 2008



Ludovico Silva
Sabemos que Marx estudió los elementos básicos de la teoría de la ideología desde el punto de vista del materialismo histórico, sin embargo, no alcanzó a elaborar una teoría madura de la ideología. Siguiendo a Marx, el pensador venezolano Ludovico Silva, como una contribución a la teoría general de la ideología, elaboró el concepto de “plusvalía ideológica” a partir de la descripción y el análisis de la estructura económica de la sociedad. [1] Así como la ideología de la sociedad capitalista es un hecho objetivo, Ludovico trata de presentar también como un fenómeno objetivo la producción de plusvalía ideológica. Aunque el término “plusvalía ideológica” es original de Ludovico, la idea siempre estuvo latente en la obra de Marx.

La expresión “plusvalía ideológica” nace de una analogía entre cosas que ocurren en el plano material —el taller oculto de la producción— y cosas que ocurren en el plano espiritual —producción de la conciencia. De modo que, así como en el taller de la producción material capitalista se produce la plusvalía material, así también en el taller de la producción espiritual dentro del capitalismo se produce una plusvalía ideológica, cuya finalidad es la de fortalecer y enriquecer el capital ideológico del capitalismo. Y este capital ideológico, a su vez, tiene como finalidad proteger y preservar el capital material.

Se dice que la analogía no constituye propiamente una explicación científica, ya que el principio de ciencia es el principio de determinación. Sin embargo, la analogía que se plantea aquí puede concebirse como algo más que una analogía. Lo verdaderamente importante de este caso es que entre la realidad material y la realidad espiritual que decimos análogas sí existe una determinación, pues la realidad material, que se explicita como estructura social, determina dialécticamente a las formaciones ideológicas. En otras palabras, la ideología es la reproducción de una situación económico-social existente. De manera que, lo que al trabajo físico es la plusvalía material, eso mismo es al trabajo psíquico la plusvalía ideológica.

Pero ambas plusvalías están ocultas. Así como el proceso de producción de la plusvalía material es un proceso oculto, estructural, que necesita ser develado y denunciado, del mismo modo el proceso de producción de la plusvalía ideológica es también algo que ocurre por debajo de las apariencias. Aquí ya estamos hablando de la “falsa conciencia” de la que hablaba Engels, y de la diferenciación de lo psíquico en conciente e inconciente, descrito por Freud, como premisa fundamental del psicoanálisis. Mientras Engels hablaba de “falsa conciencia”, Freud hablaba del “inconciente”. Así como hoy nosotros tenemos que luchar contra los creyentes del capitalismo, Freud tuvo que luchar, cuando lanzó su teoría, contra todas aquellas personas de “cultura filosófica” que no creían en la idea de un psiquismo no-conciente. Se trata de las teorías científicas que deconstruyen las creencias ideológicas.

Según Freud, hay dos clases de inconciente: lo inconciente latente —capaz de conciencia—, y lo inconciente reprimido, que es incapaz de conciencia por sí mismo. A lo latente que solo es inconciente lo denomina “preconciente”, y reserva el nombre de inconciente para lo reprimido. Todo lo reprimido es inconciente, pero no todo lo inconciente es reprimido. El material de una representación inconciente permanece oculto, mientras que el material de una representación preconciente se muestra enlazada con representaciones verbales. Estas representaciones verbales son restos de memoria. Fueron en un momento dado percepciones, y pueden volver a ser concientes, como todos los restos de memoria. Sólo puede hacerse conciente lo que ya fue alguna vez percepción conciente.

Pues bien, apoyado en estos descubrimientos de Freud, Ludovico elabora su tesis:

«Nuestra tesis es que la base de sustentación ideológica del capitalismo imperialista se encuentra en forma preconciente en el hombre medio de esta sociedad, y que todos los restos mnémicos [de memoria] que componen ese preconciente se han formado al contacto diario y permanente con percepciones acústicas y visuales suministradas por los medios de comunicación; y decimos que ellos constituyen la base de sustentación ideológica del capitalismo, no sólo en el sentido descriptivo de que "la ideología se forma a través de los medios de comunicación" —noción que por sí misma sería insuficiente—, sino en el sentido más preciso y dinámico de que el capitalismo no suministra a sus hombres cualquier ideología, sino concretamente aquella que tiende a preservarlo, justificarlo y presentarlo como el mejor de los sistemas posibles. Habría que añadir que la forma como el capitalismo suministra esa ideología es pocas veces la de mensajes explícitos doctrinales, en comparación con la abrumadora mayoría de mensajes ocultos, disfrazados de miles de apariencias y ante los cuales sólo puede reaccionar en contra, con plena conciencia, la mente lúcidamente entrenada para la revolución espiritual permanente. Y no sólo el hombre medio, sin conciencia revolucionaria, vive inconcientemente infiltrado de ideología, sino también todos aquellos revolucionarios que, como decía Lenin, se quedan en las consignas o en el activismo irracional, pues tienen falsa conciencia, están entregados ideológicamente al capitalismo, sin saber que lo están; la razón por la cual todos estos revolucionarios se precipitan en el dogmatismo es precisamente su falta de entrenamiento teórico para la revolución interior permanente. Todo aquel que, en su taller interior de trabajo espiritual, obedezca a una conciencia falsa, ilusoria, ideológica, y no a una conciencia real y verdadera, será eso que llamamos un productor típico de plusvalía ideológica para el sistema capitalista. Y tanta más plusvalía ideológica producirá cuanto más revolucionario sea, si lo es sólo en apariencia». [2]

Vemos como Ludovico adopta el “preconciente” como el lugar dinámico de las representaciones fundamentales de la ideología, ya que éste es capaz de conciencia. Y así como el preconciente, al convertirse en conciencia, deja de ser lo que era y de actuar como actuaba, también la ideología, al hacerse conciente, deja de ser ideología. De modo que con el propio esfuerzo, y con la ayuda de intelectuales y con la lectura de estudios científicos, las personas pueden elevar a la conciencia el pantano ideológico en el cual están atrapados sin saberlo. En este sentido, la misión de los intelectuales dentro del capitalismo y contra él, es hacer un psicoanálisis colectivo.

Ahora bien, así como el lugar individual de la ideología es el preconciente, el lugar social de la ideología es la industria cultural o la industria ideológica o la industria de la conciencia. Pero no solo la industria cultural es productora de ideología. Todo el aparato económico del capitalismo es productor de ideología. Aunque solo fuese porque para vender las mercancías deberá realizar campañas, y presentar al mundo como un mercado de mercancías.

La industria cultural es una industria como cualquier otra que pertenece a la estructura económica general del capitalismo en su fase industrial avanzada, y ésta depende principalmente de las grandes corporaciones. De tal manera que, como dicen los jefes de la industria cultural, la industria cultural es un negocio, y todo debe adaptarse a ese negocio. Sin embargo, el lugar de producción de la ideología no puede limitarse a la consideración de la industria cultural. Aun sin la ayuda de los medios de comunicación actuales, el capitalismo segregaría su ideología.

En esa industria no solo se gana dinero y se acumula capital como en cualquier otra industria, en la industria cultural se produce, además, un ingrediente específico: plusvalía ideológica. Así como al obrero se le sustrae la plusvalía material ocultamente, sin que él lo perciba, del mismo modo, al individuo medio del capitalismo se les extrae de su psique la plusvalía ideológica, que se traduce como esclavitud inconciente al sistema. Se trata, en suma, de un excedente de energía mental del cual se apropia el capitalismo.

Es la misma explotación del hombre por el hombre. Solo que la industria ideológica esclaviza y explota al hombre en cuanto hombre, no en cuanto dueño de una fuerza de trabajo. La plusvalía ideológica, originariamente producida y determinada dialécticamente por la plusvalía material, se convierte así no solo en su expresión ideal, sino además en su guardiana y protectora desde el interior mismo de cada hombre.

En el caso particular de los artistas e intelectuales ideologizados, por tratarse de una venta, hay más elementos de conciencia en el proceso de producción de la plusvalía. La mayoría de los artistas e intelectuales, esclavos ideológicos del capitalismo, se ideologizan con las relaciones de producción capitalista. Estos artistas e intelectuales son los mayores productores de plusvalía ideológica para el sistema.

Dentro del capitalismo y merced a él, en el interior de las personas habita la falsedad, la ideología minuciosamente controlada. Las “respuestas” colocadas en la preconciencia de las personas —y que constituyen su ideología— funcionan exactamente como mecanismos: se disparan ciegamente, como resortes psíquicos, y constituyen eso que suele llamarse visión del mundo, y que más valdría llamar: punto o perspectiva de visión del mundo.

Vivimos en una sociedad represiva. La ideología nos aliena. La persona que vive esclavizada a las mercancías que consume vorazmente, cree que es feliz gracias a esas mercancías. Pero esconde el odio reprimido a la explotación ideológica de que es objeto, a la plusvalía ideológica que incesantemente produce para alimentar el capital ideológico del capitalista.

En esta fase avanzada del capitalismo, ser capitalista no es ya solo ser dueño del capital material, sino también del capital ideológico. El capitalismo no solo controla a las personas económicamente, sino que además las explota ideológicamente. Coloca en su preconciente la imagen del mundo como un mercado, lo convierte en un arsenal de valores de cambio, hace del trabajo espiritual una mercancía. Es verdad que la jornada de trabajo se ha reducido, pero no puede decirse verdaderamente que haya aparecido el “tiempo libre” del que hablaba Marx, y que se entiende como el tiempo del “desarrollo pleno del individuo”. Lo que ha aparecido es un falso tiempo libre. Los hombres pasan su tiempo sin sentido y permanecen en realidad sujetos a los ritmos del trabajo y a su ideología. Es un “tiempo libre” en el que trabajamos para la preservación del sistema, es el tiempo de producción de la plusvalía ideológica. De manera que, el “tiempo libre” de la sociedad capitalista-imperialista no es un tiempo libre, es el tiempo de producción de la plusvalía ideológica.

Nuestra energía psíquica permanece concentrada en los múltiples mensajes que el sistema distribuye. Permanecemos atados a la ideología capitalista, y se trata de un tiempo de nuestra jornada que no es indiferente a la producción capitalista, sino al contrario, es utilizado como el tiempo óptimo para el condicionamiento ideológico. Es el tiempo de la radio, la televisión, los diarios, el cine, las revistas y, si tan solo se va de paseo, el tiempo de los anuncios luminosos, las tiendas, las mercancías. Los medios de comunicación son la industria de la conciencia que produce plusvalía ideológica. Su función principal es la manipulación de la población sometida.

De tal manera que el capitalismo, y en especial la industria ideológica explota al hombre en aquello que es específicamente suyo: la conciencia. Además, dice Ludovico, así como la fuerza de trabajo humana se vuelve una mercancía en la que el trabajador “enajena su valor de uso y realiza su valor de cambio”, asimismo la fuerza de trabajo intelectual también se vuelve una mercancía bajo el capitalismo: a cambio de esa especie de salario espiritual que es la “seguridad” de no tener que pensar por cuenta propia, el hombre explotado por la industria ideológica vende su fuerza de trabajo espiritual y produce un excedente ideológico; o mejor dicho, compra su “seguridad” a cambio de su conciencia. El fenómeno, en cuanto compra, es lo habitual; pero en el caso de los artistas e intelectuales que sirven a los intereses ideológicos del capitalismo, se trata de venta de fuerza espiritual de trabajo. En ambos casos hay plusvalía ideológica.[3]

En suma, nos desgastamos cuando empleamos energía física y mental para producir bienes y servicios, la cual nos es arrebatada en forma de plusvalía material a favor del capital, y además, nos desgastamos cuando empleamos energía mental, sobretodo durante el “tiempo libre”, para producir plusvalía ideológica también a favor del capital.


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[1] Ludovico Silva, La Plusvalía Ideológica, 1970, Fondo Editorial Ipasme, Tercera Reedición, Caracas, 2006.
[2] ibídem, pág. 202.
 

Publicado en Aporrea.org el 05/11/08 
http://www.aporrea.org/ideologia/a66667.html

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¿Por qué desapareció el barco de Colón del Parque del Este?

Fernando Saldivia Najul
26 septiembre 2008



Réplica de la corbeta Leander
de Francisco de Miranda
A sabiendas de que el parque ubicado en el este de Caracas finalmente tiene hoy el nombre de un libertador, Parque Generalísimo Francisco de Miranda, titulo aquí este artículo con su antiguo nombre más conocido, Parque del Este, para que no dejen de leerlo las personas que simpatizan con los imperios y que desprecian a los libertadores.

El próximo 12 de octubre se cumplen 516 años del inicio del genocidio más grande de la historia de la humanidad. Si, como lo leen. Hace 516 años cuando arribó el barco de Colón a las costas de este continente llegó la desgracia a estas tierras de Abya Yala. Miles de europeos cristianos invadieron y asesinaron con extrema crueldad a niñas, niños, mujeres, jóvenes y ancianos con el propósito de robar oro, plata, recursos naturales, así como también para apropiarse de las tierras, para explotarlos como esclavos, para violar a las mujeres, y para humillarlos.

Bueno, vamos al grano y sin eufemismos. Cuenta Bartolomé de las Casas [1], que los cristianos trataban a las indias e indios con cachetadas, coñazos, y palos. Entraban a los pueblos a caballo, y con las espadas les abrían el vientre y despedazaban a las niñas, niños, viejos y mujeres preñadas. Hacían apuestas a ver quién de una cuchillada abría a un hombre por el medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban por las piernas a los recién nacidos, arrancándoselos de los pechos de las madres, y los mataban golpeando sus cabezas contra las rocas. Los quemaban vivos, colgados en horcas, o amarrándoles paja alrededor del cuerpo. (p.25).

Pero esto no es todo. Los cristianos tenían otras formas de quemarlos vivos. Hacían unas parrillas con palos sobre horquetas y los ataban a ellas y les ponían fuego lento. Si daban muchos alaridos, les metían un palo por la boca para que no molestaran. Si algún indio se le ocurría hacer justicia y matar a un cristiano, ellos tenían por ley propia asesinar a cien indios. (p.27) También, bajo engaño, metían hasta trescientos indios en una casa grande de paja y los quemaban vivos. (p.35)

En un periodo de tiempo de tres o cuatro meses, estando Bartolomé presente, murieron de hambre siete mil niñas y niños porque los cristianos se llevaron a sus padres obligados a las minas de oro. (p.47)

Cuando estaban durmiendo las mujeres con sus hijos, le metía candela a todas las casas del pueblo, y a los que se salvaban, en seguida los torturaban para que les dijeran en cuáles otros pueblos había más oro. (p.51)

Cuando los cristianos salían de viaje para asaltar a otros pueblos, se llevaban una hilera de indios ensartados con collar y cadenas como animales de carga. Y cuando alguno se cansaba, o se enfermaba por hambre o por exceso de trabajo, lo degollaban y lo sacaban de la fila. Cuenta Bartolomé que los cristianos salieron una vez con cuatro mil indios y solo regresaron seis vivos a sus casas. (p.59,147,155)

A los niños, a las mujeres preñadas y a los viejos los arrojaban en hoyos con estacas afiladas hasta que se llenara el hoyo. También les echaban perros amaestrados que los despedazaban y se los comían. (p.87,181).

Había cristianos que buscaban preñar a muchas indias para venderlas a buen precio como esclavas. Pero esto no es nada. Hay cosas mucho más crueles. Un día, cuenta Bartolomé, que un cristiano salió con sus perros a cazar venados o conejos, y como no encontró nada, le quitó un niño chiquito a su madre y le cortó los brazos y las piernas y se los dio de comer a sus perros. (p.107)

Cuando a los indios los llevaban de viaje como mulas de carga, todo el que se sentaba a descansar, lo golpeaban con patadas y palos y les partían los dientes con el pomo de las espadas para que se levantasen y caminasen de nuevo. (p.121).

Cuando explotaban las perlas, los obligaban a sumergirse todo el día en el agua. El frío continuo del agua les penetraba el cuerpo y morían muy pronto echando sangre por la boca. (p.137)

Una vez un tirano mandó a cortar las narices, los labios y el mentón a más de doscientos indios. (p.157) Otro tirano gobernador mandó a asesinar a cinco mil almas porque no les dieron de comer a su gente. Las indias e indios temerosos de verlos, huían, y el miedo no les permitía darles de comer a sus propios asesinos. (p.159)

Sigue contando Bartolomé, que una vez un capitán mandó a cortarles la cabeza a cuatrocientos o quinientas personas para atemorizar a los demás.(p.179). Otra vez este mismo capitán mandó a lanzar a setecientos indios desde un peñón, y cuando caían se hacían pedazos.(p.183).

Para mantener a los perros que habían amaestrados para matar, los cristianos acostumbraban a llevar indios encadenados por los caminos para echárselos a los perros cuando les diera hambre.(p.191)

Por otro lado, cuenta Marcos de Niza, que él mismo vio ante sus ojos cortar manos, narices y orejas a indios sin motivo alguno. Simplemente se les antojaba hacerlo. Vio quemar casas y pueblos. Y vio cuando arrancaban a los bebés de los brazos de sus madres y los arrojaban al suelo sin motivo alguno. (p.159).

Lo anterior es solo una pequeña muestra del trato cruel y sádico que la miseria humana daba a los seres humanos que habitaban estas tierras de Abya Yala. Pero sabemos que hubo masacres mucho más grandes que las dichas. El mismo Hernán Cortés relata en la “Tercera Relación de la Conquista de Méjico”, cómo planificó una de las matanzas que facilitaron el robo del oro y la conquista de lo que hoy es Ciudad de México. Después de la masacre escribió:

“…era tanta la mortandad que en ellos se hizo por la mar y por la tierra, que aquel día se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas; y era tanta la grita y lloro de niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrase el corazón.”[2]

¡Qué métodos tan aberrantes tienen los imperios para acumular riquezas! Esto se parece mucho a lo que hacen hoy las tropas estadounidenses con las familias iraquíes, y lo que mañana pueden hacernos a nosotros. Van un millón doscientas mil vidas de niñas, niños, mujeres, jóvenes, adultos y ancianos muertos. Ayer por oro, hoy por petróleo. El capitalismo mercantil y el capitalismo industrial son sinónimos de violencia y sangre desde sus comienzos. Razón tenía Marx cuando decía que “el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria.”[3] Decía además que “el botín conquistado fuera de Europa mediante el saqueo descarado, la esclavización y la matanza, refluía a la metrópoli para convertirse aquí en capital.”[4] De manera pues que la acumulación originaria fue producto de la matanza, la explotación de mano de obra esclava, y del saqueo. Sin embargo, el saqueo nunca ha cesado. Hoy el robo del petróleo y gas de los pueblos es muestra de que la acumulación por saqueo continúa. En otras palabras, el robo de la fuerza de trabajo junto al robo de los recursos naturales ha sido una constante en la historia del capitalismo.

Volviendo al tema del genocidio, al exterminio sistemático, y a la limpieza étnica de la que hablábamos en los párrafos anteriores, el antropólogo Darcy Ribeiro, por su parte, nos dice que “millares de grupos resistentes al régimen servil u hostiles a la explotación de sus territorios, fueron diezmados por las matanzas, por las enfermedades que les trasmitía el hombre blanco, o por el desengaño de aquellos valores que daban sentido a su existencia.”[5] Por otro lado nos dice que de acuerdo a los estudios, la población en estas tierras era de 70 a 88 millones antes de la conquista, y que en siglo y medio después, y debido a su impacto, aquellas poblaciones se habían reducido a 3,5 millones.[6]

Es cierto que hubo muchas muertes de nativos por causa de las enfermedades que trajeron los europeos, quienes sí estaban inmunizados. Mientras los indígenas no conocían la viruela, por ejemplo, los invasores ya la habían sufrido cuando eran niños en Europa, y en consecuencia se habían inmunizado. [7] Sin embargo, hay evidencias de europeos que practicaron la viruela como arma biológica para asesinar seres humanos. De hecho, en correspondencia fechada en 1763 entre el comandante en jefe de las fuerzas británicas en Norteamérica, Jeffery Amherst, y el coronel Henry Bouquet, en los tiempos de la rebelión de Pontiac, jefe de Ottawa, se puede leer la siguiente coño ‘e madrada:

Pregunta Amherst: “¿No podría ingeniárselas para enviarles virus de viruela a esas tribus de indios descontentos? Nosotros en esta oportunidad tenemos que usar cualquier artimaña que podamos para reducirlos.”

Responde Bouquet: “Voy a tratar de inocularlos con algunas cobijas que caigan en sus manos, teniendo cuidado de no contraer yo mismo la enfermedad.” [8]

¡Qué bolas! ¡Exterminio puro!. Conocida esta práctica aberrante, no es muy difícil imaginarse que Hernán Cortés, Francisco Pizarro, y otros de su calaña, una vez que entendieron la relación que existía entre la propagación de la viruela y sus victorias militares, no hayan hecho lo mismo que hicieron estas basuras humanas.

Pero todo esto hay que borrarlo de la historia. Me cuentan niñas y niños venezolanos que estudian en España, que hay maestras y maestros de historia de España que les enseñan que los indios de América se extinguieron. Sin más detalles. O sea, ni se molestan en aclararles a los estudiantes que tal extinción fue por crimen de lesa humanidad. Que fue una extinción por genocidio, muy propio de la miseria humana y no de los animales. Porque ni siquiera podemos hablar aquí de extinción por depredación, porque no lo hicieron por hambre como lo hacen los animales, sino por oro y plata como lo hacen los aberrados. ¡Qué bolas!

Para finalizar, quiero recordar aquí que el proyecto de conquista de occidente sobre los pueblos del mundo no ha concluido. Como tampoco el genocidio como mecanismo de extermino contra los pueblos que se resisten a entregar sus tierras para monopolizar los alimentos, o contra los que se resisten a comer en McDonald's, o contra los pueblos que se resisten a entregar el petróleo y gas necesarios para su desarrollo. Elocuentes son las palabras del Presidente Evo Morales el pasado viernes 19 de septiembre cuando conversaba con unos periodistas sobre la masacre de Pando ocurrida el 11 de septiembre:

"No es una simple masacre, es como una limpieza étnica a los demás dirigentes indígenas y campesinos" "Donde yo nací quemaron tiendas de comercios, les han quemado sus casas, los han saqueado y les han robado." [9]

Esperamos que ese proyecto de conquista absoluta no concluya. Esperamos que el barco de Colón no vuelva al lago del Parque. Si vuelve, ahí estará el barco de Miranda para hacerle frente.

¡Prohibido olvidar!


Réplica de la corbeta Leander de Francisco de Miranda
(Vista de proa)

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[1] Bartolomé de las Casas, Tratados, Brevísima Relación de la Detruición de las Indias, 1552. Fondo de Cultura Económica, México, 1974.
[2] Hernán Cortés, Tercera Relación de la Conquista de Méjico, tomo II, quinta edición, Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1942, pág. 43.
[3] Karl Marx, El Capital, tomo I, Génesis del capitalista industrial. Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 1981, pág. 638.
[4] Ibídem, pág. 640.
[5] Darcy Ribeiro, Las Américas y la civilización. Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1992, pág. 47.
[6] Ibídem, pág. 85 y 86.
[7] Smallpox and its Eradication. World Health Organization 1988, Geneva, pág. 237 y 238.
[8] Ibídem, 239.
[9]
http://www.aporrea.org/imprime/n120945.html


Publicado en Aporrea.org el 26/09/08
 
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Alienación

Fernando Saldivia Najul
16 septiembre 2008


Me mueve a escribir este artículo dos conversaciones que sostuve recientemente. Una con una compañera de trabajo, y otra con una vecina. La compañera de trabajo, quien tiene una conciencia corporativa poco disimulada, me decía frente a su computador que estaba estresada. Traté de consolarla diciéndole que nosotros nos sentíamos mal porque no teníamos libertad, debido a que estábamos alienados, dominados. Ella inmediatamente, no sé si con ingenuidad, o más bien a la defensiva, me respondió: ¡no sé tú, pero yo me siento libre! Así, tajante. Por otra parte, cuando una vecina un poco deprimida me contaba sobre sus frustraciones, entre otras cosas le pregunté: ¿tú no te sientes alienada, dominada? Más vale que no. Totalmente desconcertada, a mi vecina se le transformó el rostro. De repente se me quedó viendo como quién ve a una especie de insecto por primera vez. Luego, muy formal ella, me siguió la corriente por unos tres minutos más, el tiempo suficiente. Finalmente, se levantó del asiento, y se despidió. No la he vuelto a ver.

Que se le va a hacer. No me queda otra que revisar algunos escritos, y reflexionar sobre estas reacciones. Pero antes de hacer una aproximada interpretación de algunas formas de alienación que existen y que nos pueden ayudar a entender las reacciones de estas personas, debo aclarar que todas y todos nosotros quienes vivimos en una sociedad capitalista global como esta, la cual arropa todos los espacios de las relaciones sociales, estamos de alguna manera y medida alienados, expropiados y dominados, material y mentalmente. De modo que, quien les escribe, no escapa a esa realidad, y la breve interpretación que hago sobre el fenómeno de la alienación que sigue a continuación, no está exenta de alienación ideológica.

Entiendo aquí por alienación —alejamiento— al proceso mediante el cual se aleja el objeto del sujeto que lo creó y, en lugar de reconciliarse el sujeto con el objeto creado, termina con la inesperada inversión del sujeto y del objeto, quedando el sujeto dominado por el objeto. Este objeto que es creado por nosotros se convierte en sujeto independiente de nosotros, y finalmente nos domina. En otras palabras, todo lo que nosotros producimos todos los días con nuestras manos y con nuestras mentes, que forma parte de nosotros y nos es propio, se hace independiente de nosotros, no nos reconocemos en él, y luego nosotros tenemos que depender de él. O sea, nosotros construimos un mundo que aparece como un mundo distinto a nosotros. La dominación del sujeto por el objeto es el resultado final de este proceso de alienación. De esta manera se vive alienado material y mentalmente. O sea, con escasez material, y sin conciencia de clase. En otras palabras, estamos dominados.

Veámoslo de una manera más ilustrativa. Por ejemplo, si nosotros nos sentimos impotentes ante la muerte, las enfermedades, las fuerzas de la naturaleza, la escasez, o impotentes ante la injusticia social, entonces podemos dividirnos interiormente y crear un dios para que nos proteja.[1] Luego este dios se independiza de nosotros y nos hacemos dependientes de él. Así construimos mentalmente una religión. Esto es alienación religiosa. Por otro lado, sacando provecho de esto, los ricos utilizan la religión como parte de la ideología, y nos la recuerdan todos los días para que suframos con paciencia y resignación la explotación del hombre por el hombre, porque según ellos, es natural, y no hay escapatoria alguna. De esta manera, un dios y unos vivos dominan nuestra existencia. Esto es alienación ideológica.

Del mismo modo, nosotros como sociedad creamos el Estado para que nos preste un servicio justo a todos los ciudadanos y nos sirva para protegernos, ayudarnos y desarrollarnos. Pero luego el Estado se erige como un poder independiente que defiende los intereses de una clase que se hace dominante y se convierte en sujeto dominador. Se invirtió el sujeto y objeto. Esto es alienación estatal. Por otro lado, una estructura de relaciones humanas representantes del Estado, la burocracia, se transforma en una máquina ciega, autónoma, que domina al hombre y lo destruye tanto en el ámbito laboral como en todos los espacios de la vida de los ciudadanos. Esto es alienación burocrática. Y de manera similar ocurre cuando un grupo de trabajadores y trabajadoras se organizan y crean un sindicato, luego esta organización no responde a los intereses de ellos. Esto puede suceder por la falta de democracia interna. Ahora los trabajadores no se identifican con los objetivos del sindicato, y los líderes sindicalistas explotan a los trabajadores. Esto es burocracia obrera. Esto es alienación sindical.

Ahora veamos como es este proceso cuando nosotros trabajamos. Esto es más o menos así: si nosotros fabricamos una mesa en nuestra casa con nuestras herramientas, y luego de terminada, la utilizamos para comer todos los días en comunión con nuestra familia, fácilmente la vamos a reconocer como propia, porque la construimos en comunión y nuestro trabajo se quedó en casa como un bien útil. O sea, el sujeto se identifica con el objeto creado. En cambio, si nosotros nos empleamos en una empresa que produce muebles, y fabricamos la misma mesa, sucede algo distinto. El empresario pone la mesa en venta e inmediatamente se convierte en mercancía. Luego, cuando la vende, el empresario se coge el dinero para él, y sólo nos retribuye con una pequeña parte de nuestro esfuerzo en forma de salario, justo lo necesario para que no nos desmayemos del hambre frente a la maquinaria. Pero eso no es todo. Con el dinero que nos roba —la plusvalía— nos vuelve a comprar o a contratar nuestra fuerza de trabajo como una máquina-mercancía. Y más aún, con ese mismo dinero que nos roba le paga a los sicarios que asesinan a nuestros sindicalistas honestos cuando éstos le exigen al empresario que no nos robe tanto. Es obvio que aquí el sujeto no se identifica con el objeto creado. El objeto, el producto que creamos, y que ahora es capital personificado en el capitalista, se convirtió en un poder hostil frente a nosotros. A diferencia de la mesa que elaboramos en casa, la que produjimos en la empresa se convirtió en capital que nos domina. Entonces, otra vez el objeto domina al sujeto. Esto es la alienación del producto del trabajo. Y la medida de esta alienación es la plusvalía.

Pero la plusvalía no sólo es la medida económica sino también la medida moral, porque además de que nos explotan físicamente e intelectualmente, vivimos una degradación ética. Entonces, no solo hay una explotación de plusvalía en sentido material, sino también de plusvalía ideológica, como la llama Ludovico Silva.[2] Entonces, mientras más aumenta el poder del capital, más nos empobrecemos, mientras más nos roba el empresario más nos alienamos. Así, cuando producimos percibimos que no trabajamos para nosotros sino para otro. Nuestro trabajo nos es extraño, se nos enfrenta como una actividad enemiga, forzada. Esto es la alienación de la actividad productiva. La alienación del trabajo mismo.

Además, la cosa se empeora con el mecanismo social de producción, que no fue organizado por nosotros, sino que pertenece al capitalista. Por un lado, el empresario crea una jerarquía entre nosotros, y por otro lado, distribuye los diversos trabajos parciales entre diversos trabajadores. De esta manera, se secciona al individuo como un aparato automático con trabajo parcial. Algo así como un hombre convertido en simple fragmento de su propio cuerpo. Esto es la reducción de nuestras capacidades mentales que la división del trabajo hace de nosotros mismos. Esto es la alienación que la división del trabajo produce en nosotros.

Estas formas de alienación que acabamos de describir dominan el proceso de trabajo. Esto es la alienación del trabajo. Es la alienación de nuestra actividad vital creadora, y la alteración de las relaciones sociales entendidas como las relaciones de producción de la sociedad. Porque sabemos que es con el trabajo que se puede producir al ser humano. De manera que, con la alienación del trabajo, el ser humano concreto [3] pierde la relación consigo mismo como ser social, como conjunto de sus relaciones sociales. Se convierte en mercancía, y no puede construir la historia de modo conciente. O sea, se convierte en un robot sin conciencia que desconoce de qué manera está vinculado a sus semejantes.

Ahora bien, como consecuencia directa de la alienación productiva que ya vimos, toda la economía mundial se basa en las necesidades de las mercancías, del mercado, del capital, y no en las necesidades humanas como debe ser. El producto que creamos no nos pertenece y no podemos utilizarlo para satisfacer nuestras necesidades, al punto que también nos toca producir los portaviones que utilizan para invadirnos. La mercancía se impuso sobre nosotros en lugar de estar subordinada a nosotros. A esto le agregamos la creación de necesidades ficticias, pues, en el capitalismo, nos dice Marx, “todo hombre especula con la creación de una nueva necesidad en otro para obligarlo a hacer un nuevo sacrificio, para colocarlo en una nueva dependencia y atraerlo a un nuevo tipo de placer y, por tanto, a la ruina económica”.[4] Es por ello que los ricos con la colaboración de psicólogos mercenarios, fabrican ilusiones a través de la publicidad para inducirnos a comprar y consumir productos que no necesitamos, pero que sí son necesarios para acumular capital. Además, debido al carácter fetichista de la mercancía, el consumidor se encuentra vulnerable, pues, siente debilidad por rodearse de cosas, de fetiches. Este fenómeno del fetichismo lo conocen bien los ideólogos, sin embargo, lo ocultan para seguir acumulando. Entonces, en lugar de producir vida, producimos mercancías, necesidades ficticias. En la medida que empleamos más tiempo y energía en la producción de cosas que no necesitamos, más escasean y más se elevan los costos de los bienes y servicios para vivir, como por ejemplo, una vivienda digna. Esto es alienación de las necesidades. Esto es la ideología del consumo. Esto es alienación ideológica.

Queda claro, pues, que nosotros los trabajadores, quienes producimos, no solo nos alienamos con la producción sino también con el consumo. De manera que, cuando producimos realizamos una actividad que no nos pertenece, y cuando consumimos lo hacemos sólo para satisfacer el cuerpo o la vanidad. Las personas solo se sienten libre en sus funciones animales: comer, dormir, procrear; y en cambio, en sus funciones humanas: trabajar, producir, transformar la naturaleza, se sienten como un animal. En otras palabras, se humaniza lo animal, y se animaliza lo humano. [5] Y esto vale también para el empresario.

Hasta ahora hemos revisado grosso modo algunas formas de cómo nos alienamos en esta sociedad capitalista. Sin embargo, creo que es bueno revisar un poco más sobre este tema para tratar de entender la forma pura y escuetamente económica de la alienación, la alienación celular, o primaria, como la llama Ludovico [6], quién realizó un análisis profundo del pensamiento y obra de Marx. Nos dice Ludovico, que ésta es la forma más importante de todas porque de aquí germinan todas las demás y las sostiene. Pues bien, en pocas palabras, la alienación primaria es “el paso universal del valor de uso al valor de cambio” [7], en el sistema compuesto por la división del trabajo, la propiedad privada y la producción mercantil.[8]

Interpretemos esta forma de alienación. Veamos. Si las mercancías tienen para los empresarios capitalistas valor de cambio para poder venderlas, y, para nosotros que las compramos por su utilidad tienen valor de uso, entonces, es necesario transformar las mercancías en valores de uso para poder utilizarlas. Pero resulta que “el proceso de transformación de las mercancías en valores de uso supone la alienación universal de éstos, su entrada en el proceso de cambio, pero su existencia para el cambio es su existencia como valores de cambio”. [9] Esto quiere decir que para que los valores de uso puedan circular y ser útiles tienen primero que alienar su forma y transformarse en valores de cambio, es decir, en mercancías. En otras palabras, para que podamos usar un producto que nos sea útil, primero éste debe pasar de las manos del trabajador a las manos del capitalista, luego al mercado donde se iguala a otros productos en el valor de cambio, hasta que finalmente llega a nuestras manos para satisfacer nuestras necesidades humanas. Pero en el camino ocurre algo curioso. Veámoslo en términos simplificados. Dos productos pueden requerir para su elaboración el mismo tiempo de trabajo social, pueden representar el mismo valor de cambio, como por ejemplo un pote de leche y un collar, y sin embargo, uno puede ser muy valioso para vivir, y el otro sólo tener un valor decorativo, o sea, que tienen distinto valor de uso. Lo mismo ocurre entre un libro de poemas y una caja de cigarros. Mientras el primero da vida, el segundo la quita. A pesar de esta disparidad, ambas mercancías se igualan universalmente en el mercado.[10] Pareciera como si ambos productos fueran igualmente valiosos para satisfacer nuestras necesidades. De esta manera, nosotros producimos valor de cambio, orientado a la ganancia, y no para satisfacer nuestras necesidades humanas. Esto es la alienación del valor de uso en el valor de cambio. Esta es la alienación celular, o primaria. Igual ocurre con la fuerza de trabajo de nosotros, la cual ya vimos de forma general más arriba. En efecto, para que nosotros podamos aprovechar nuestra fuerza de trabajo a fin de lograr nuestros medios de subsistencia, primero tenemos que alienar nuestro valor de uso en el valor de cambio de modo que el capitalista pueda comprarnos como una mercancía cualquiera a cambio de un salario que nos servirá para subsistir. Como consecuencia de todo lo anterior, ahora las cosas valen tanto o más que las personas. El doble valor del trabajo y las mercancías genera tantas contradicciones, que surge la necesidad de desarrollar modos de producción orientados a la producción de valores de uso y no de valores de cambio.

Bueno, como dijimos, la alienación celular de la era capitalista es “el paso universal del valor de uso al valor de cambio”.[11] Aquí se produce el fetichismo. Esto es, “la personificación de las cosas y materialización [cosificación] de las personas”.[12] Es por esto que lo que caracteriza al trabajo creador de valor de cambio es que las relaciones sociales entre las personas se presentan como una relación social entre las cosas. O sea, se tienen relaciones materiales [cósicas] entre personas y relaciones sociales (o personales) entre cosas.[13]

El resultado de ese proceso es más o menos así: El trabajo humano se cosifica, se convierte en mercancía, en dinero, las cuales parecen cosas pero que en realidad son una relación social. El trabajador también se cosifica, se convierte en mercancía con valor de cambio, o sea, en máquina-mercancía. El capital se personifica, se convierte en persona hostil hacia nosotros. Por otro lado, las mercancías se convierten en ídolos para adorar, en modelos que nos esclavizan, y más aún, las personas se relacionan entre sí como mercancías para su uso, como objeto de placer u objeto erótico. O sea, el trabajo humano, así como también la persona misma se cosifican como mercancías. Además, las relaciones íntimas también se cosifican, pues valoran a sus semejantes por su capacidad para atesorar objetos, prendas, artefactos que le confieren a su personalidad un prestigio especial. Por otro lado, las relaciones entre capitalistas no son relaciones entre personas, sino entre capitales. El capital se personifica en el capitalista. Pero también el lenguaje se cosifica. De hecho, las palabras no hablan a nuestra alma sensitiva sino que hablan a nuestra condición de seres de consumo. Las mercancías mismas, cuya esencia está en el ser relaciones sociales, al aparecer como cosas, se convierten en fetiches, esto es, en idolillos que tienen fuerzas sobrenaturales y que dominan todas las relaciones humanas. Esto quiere decir que en la medida que más valor se da a las cosas, menos valor se da a las personas. Se aman los objetos y se utilizan las personas. En todo esto existe alienación. Esta alienación es una pérdida del propio ser que no es el que le corresponde al sujeto. Tanto el sujeto como el objeto quedan despojados de su propia condición. O sea, el objeto, como mercancía, maquina o capital, se erige como sujeto y se vuelve contra el sujeto que lo creó. Y el sujeto creador queda finalmente reducido a objeto, a una máquina, a una mercancía.

Este fenómeno de cosificación, como parte de la alienación, es tan poderoso, que hasta la moneda, que es una relación social y no una cosa como parece, transformada en representante de todas las mercancías, se aliena, se separa de las mercancías, le perdemos la pista, y se convierte en un poder independiente que se reproduce a sí misma. Esto es la alienación monetaria. Marx lo describe así: “En el capital a interés aparece, por tanto, en toda su desnudez este fetiche automático del valor que se valoriza a sí mismo, el dinero que alumbra dinero, sin que bajo esta forma descubra en lo más mínimo las huellas de su nacimiento”.[14] Es por esto que Lukács extiende el proceso de cosificación a la conciencia humana, y en particular a la conciencia del proletariado. Sobre esto nos dice: “Al igual que el sistema capitalista se produce y se reproduce económicamente a un nivel cada vez más elevado, así en el curso de la evolución del capitalismo, la estructura de la cosificación se clava cada vez más profundamente, más fatal y constitutivamente en la conciencia de los hombres”.[15] O sea, no nos damos cuenta de que el capital a interés es producto del trabajo humano, que lo producimos nosotros y no los capitalistas. Es trabajo robado.

De manera pues que, en la “personalización de las cosas y cosificación de las personas”, se subvierten todos los valores. Sobre este particular, Ludovico nos dice que si la cultura es el modo de organización de la utilización de los valores de uso, tal como lo entiende Samir Amin, entonces la verdadera cultura del planeta entero es contracultural. Basta ver la producción artística, que está en constante lucha contra los sistemas establecidos, contra la ideología dominante. [16] Porque, como ya dijimos, hasta el mismo lenguaje que empleamos para comunicarnos se considera como objeto y se ha mercantilizado hasta los extremos en que hoy se nos hace difícil distinguir entre los lenguajes que realmente hablan a nuestra alma sensitiva y los lenguajes cosificados que hablan a nuestra condición de seres de consumo. Las palabras nos dan su alma y nos dominan, en lugar de que nosotros las dominemos a ellas para que reproduzcan nuestra alma, nuestros valores, para incorporar al objeto el propio sujeto. Los medios tienen mucha responsabilidad en esto. El lenguaje de los medios es una conciencia cosificada que se adueña casi totalmente de la conciencia de nosotros. Las palabras encierran ellas mismas un contenido ideológico. Esto es alienación del lenguaje. En esta sociedad mercantil estamos dominados totalmente por los valores de cambio. De modo que, al igual que las mercancías, las palabras y el lenguaje también nos dominan.

Ahora bien, si es verdad, como dice Marx, que “no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia” [17], entonces no solo estamos dominados mentalmente por la cosificación de manera horizontal, sino también de manera vertical por la ideología. O sea, estamos dominados por la cosificación de manera horizontal siempre que determinamos nuestra conciencia actuando espontáneamente bajo las formas de comprar, vender, valorar, y por otra parte, también estamos dominados por la ideología de manera vertical dentro de relaciones de dominación, desde arriba, y sometido bajo las formas de derecho burgués, de moral burguesa, de religiones, así como por la ideología del consumo que nos enseñan por televisión, y también por la ideología de la competencia durante la jornada de trabajo. Esta última se manifiesta cuando los trabajadores determinan su conciencia a través de determinadas relaciones de dominación que ejerce la clase dominante sobre sus empleados, quienes ven la jerarquía como algo natural. Por supuesto, todo lo que tiene que ver con esas relaciones jerárquicas está muy alejado de la verdad. Es por ello que los empleados sucumben sumisamente a la ideas de los ricos, o sea, a la ideología, que fomenta el individualismo y reprime la conciencia de clase.

La ideología, entendida como el pensamiento que nos domina, se caracteriza por ocultar la realidad. La cultura, en cambio, la descubre. La ideología es el aspecto ilusorio que se ve en la superficie de los fenómenos, y es comparable al edificio o superestructura. La cultura, en cambio, descubre la realidad en las bases de ese edificio o estructura económica, y coexiste junto con la ideología en la superestructura. Esto quiere decir que no todo el espacio de la superestructura es ideológico. El edificio o superestructura reposa sobre las bases del edificio o estructura económica. Sin embargo, mientras que la ideología oculta las bases del edificio, la cultura la descubre. O sea, mientras que la ideología encubre la realidad, la ciencia la descubre. En consecuencia, en el edificio o superestructura coexisten el espacio ideológico y el espacio cultural como manifestaciones de la inconciencia social y la conciencia social, como las llama Ludovico.[18] En otras palabras, la ideología, que es divulgada por mercenarios de la ciencia y el arte al servicio de las transnacionales, encubren las verdaderas relaciones sociales de la estructura, y es la manifestación de la inconciencia social. Mientras que la cultura, se resiste y sobrevive en la medida que la ciencia y el arte descubren lo que realmente ocurre en esa estructura social, y es la manifestación de la conciencia social. Sin embargo, la ideología todavía es hegemónica porque los ideólogos tienen el monopolio de los medios de propaganda como arma de transformación de conciencias, y además porque ellos mismos están alienados. De hecho, la propia estructura psíquica de los ideólogos les impide ver el bosque por estar viendo el árbol. Tanto los ideólogos como las personas muy alienadas creen que la realidad es tal cual ellos la ven. Por eso es que las personas muy alienadas no tienen conciencia de la realidad. Por ejemplo, si un trabajador está muy alienado y no ve que lo están explotando, entonces decimos que la inconciencia del trabajador es ideológica porque justifica, sin saberlo, la explotación de la cual esta siendo objeto. A su vez, la inconciencia del explotador es más ideológica aún, porque el capitalista no hace sino reprimir u olvidar el movimiento real del proceso de producción a fin de proteger sus propios intereses. De modo que el capitalista, al tiempo que oculta la realidad, defiende lo aparente, y luego se impone para que lo existente se haga norma y se convierta en ideología.

En efecto, con la ideología nos engañan para tapar la explotación. Nos dicen que la fuente de la renta de la tierra es el suelo, como si fuera un regalo que le hace la naturaleza al terrateniente por ser elegido del señor, cuando en realidad la fuente de la riqueza del suelo es el trabajo, el sudor del obrero agrícola, y la ganancia no es más que la plusvalía que le roban. Los ideólogos nos dicen que la fuente del salario es el trabajo y que la fuente de la ganancia es el capital, como que si el empresario no le debe nada al trabajador, como si el dinero pariera dinero, cuando en realidad, la ganancia no es más que el sudor del trabajador. O sea, ocultan la plusvalía, que es nuestro sudor, y la llaman ganancia y capital a intereses, para engañarnos. Nos dicen que por fin somos libres, independientes, que tenemos libertad para competir, cuando en realidad, se han rotos los lazos amistosos de dependencia personal, para quedar sujetos bajo la dependencia y dominación del capital. Pues, sabemos que es una libertad aparente, porque en la libre competencia no se pone libre a los individuos, sino al capital. Todo esto no son más que mistificaciones ideológicas. Porque la ideología más que entender al mundo lo que busca es justificarlo. De manera que, mientras haya que justificar la explotación, habrá ideología. Esto es alienación ideológica. Es la alienación que maneja la estructura psíquica de las personas, engendrando un conflicto entre su conciencia y su inconciencia.

Es verdad que en todas las sociedades ha existido una formación ideológica, y que estas convienen a un fin, tales como la ideología fetichista primitiva, la ideología esclavista, la ideología de la servidumbre, pero ninguna que fabricara tantos robots egoístas como lo hace la ideología burguesa. Si el ser social determina la conciencia, los medios la manipulan, la transforman, hasta que hoy en día la psique de las personas se ha convertido en un problema de salud pública. Se impuso la competencia, el individualismo, el consumismo, y la automatización del ser. A la alienación del trabajo, se le sumó la alienación ideológica de la persona que contribuye a la pérdida de la relación consigo mismo como ser social, como conjunto de sus relaciones sociales. Sólo consume y se divierte, pero no alcanza a ver la totalidad social. No distingue al enemigo. Con la globalización de los capitales, la totalidad se hace más compleja. El flujo financiero viaja como el viento y nadie lo ve. El enemigo se hace cada vez más invisible. Cuando Lukács escribió su polémica obra “Historia y conciencia de clase” por allá por 1923, donde estudió la relación sujeto-objeto, decía que el trabajador no puede tener conciencia de su ser social salvo si tiene conciencia de sí mismo como mercancía.[19] Para entonces, reconocerse como mercancía era más viable que ahora. En esa época no había televisión, y la cosificación no había llegado a los extremos que hoy padecemos. Hoy en día, todas las relaciones sociales se hacen entre cosas, y las personas no visualizan el proceso de producción. De modo que las personas poco se comunican, y cuando lo hacen poco se toca el tema de la explotación. Hoy las personas solo luchan por adquirir bienes y servicios para su subsistencia y para que le proporcionen momentos instantáneos de placer. La actividad vital creadora se transformó en un simple empleo con valor de cambio. Así, el origen del trabajo como actividad de objetivación del ser, de reconocimiento de sí, se esfumó.

Bueno camaradas, recapitulando, se entiende que la alienación es “el paso universal del valor de uso al valor de cambio” en el sistema capitalista compuesto por la división del trabajo, la propiedad privada y la producción mercantil. De modo que, la causa de la dominación que sufrimos es el mismo sistema capitalista, y la clase oprimida tiene el deber histórico de superarlo. Según entiende Ludovico, la forma de la alienación seguirá existiendo mientras exista la forma capitalista. Cuando ésta se extinga, se extinguirá la alienación, al menos como forma dominante de la sociedad y del proceso de trabajo.[20] Aspiramos a alcanzar un tipo de sociedad en la que, sin haber desaparecido por completo la alienación, ya no sea ésta el factor dominante, sino un residuo, una reliquia del pasado, del mismo modo como en la actual sociedad los restos de feudalismo y esclavitud que aún persisten no son factores dominantes, sino meros residuos. [21]

Compatriotas, para liberarnos tenemos que superar la alienación. Pero no basta superar la alienación en el pensamiento, en la conciencia, sino desde su raíz, superando la alienación material para que no se reproduzca nuevamente una ideología que justifique la dominación. Y esto se hace en la práctica con la revolución, hasta que algún día se reconcilien el sujeto y el objeto. O sea, nosotros y el mundo que creamos. En otras palabras, nosotros como sujetos tenemos que entender el mundo que construimos. Sin embargo, para superar la alienación material, el capitalismo, primero tenemos que superar en buena medida la alienación en el pensamiento. O sea, tenemos que entender que nos hemos convertimos en mercancía. Tenemos que saber a quién beneficia la publicidad de mercancías. Tenemos que entender de qué manera nos afectan las decisiones de los ricos. Tenemos que entender de qué manera estamos vinculados con las demás personas y con los demás pueblos. Tenemos que entender cómo nos afectan los acontecimientos de cualquier parte del mundo. Tenemos que saber que a los ricos dueños de medios no les conviene informarnos la verdad. Para ello, pues, es necesario que las mujeres y los hombres tomen conciencia de sí mismos como seres sociales, como sujeto y objeto simultáneamente del devenir histórico y social.[22] El proceso en el cual nos reconocemos en el objeto que creamos, es la evolución misma de la conciencia de clase del proletariado, que seguirá evolucionando incluso hasta después de desaparecido el Estado.

Finalmente, camaradas, después de hacer esta breve revisión e interpretación del tema de la alienación, la cual es necesaria para entender de qué manera estamos dominados, puedo ahora comprender mejor por qué las personas se sienten libres cuando en realidad no lo son, y por qué confunden inconcientemente sus frustraciones atribuyendo a estas un origen interno, cuando en realidad tiene un origen externo y se llama capitalismo.


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[1] Karl Marx, IV Tesis sobre Feuerbach. Obras Escogidas (en un tomo), C. Marx / F. Engels, Editorial Progreso, Moscú (sin fecha de edición), pág. 25.
[2] Ludovico Silva, La alienación como sistema. Fondo Editorial Ipasme, Caracas, 2006, pág. 277.
[3] Karl Marx, VI y VII Tesis sobre Feuerbach, pág. 25.
[4] Karl Marx, Manuscritos Económicos-Filosóficos, Karl Marx. Brevarios del Fondo de Cultura Económica, México, 1987, pág. 149.
[5] Ludovico, pág. 50.
[6] Ibídem, pág. 24, 276.
[7] Ibídem, pág. 11.
[8] Ibídem, pág. 12.
[9] Karl Marx, Crítica de la Economía Política. Citado por Ludovico, pág. 24, 52, 274.
[10] Ludovico, pág. 272.
[11] Ibídem, pág. 323, 375.
[12] Karl Marx, El Capital, volumen I. Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 1981, pág. 73.
[13] Ibídem, pág. 38.
[14] Karl Marx, El Capital, volumen III. Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 1981, pág. 374.
[15] Georg Lukács, Historia y conciencia de clase, Editorial de Ciencias Sociales del Instituto del Libro, La Habana, pág. 120.
[16] Ludovico, pág. 275.
[17] Karl Marx, Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política. Obras Escogidas (en un tomo), C. Marx / F. Engels, Editorial Progreso, Moscú (sin fecha de edición), pág. 182.
[18] Ludovico, pág. 287.
[19] Georg Lukács, pág. 192.
[20] Ludovico, pág.385.
[21] Ibídem, pág. 249.
[22] Georg Lukács, pág. 53.


Publicado en Aporrea.org en 3 partes:
Alienación (I), el 13/09/08
http://www.aporrea.org/ideologia/a63685.html
Alienación (II), el 15/09/08
http://www.aporrea.org/ideologia/a63816.html
Alienación (III), el 16/09/08
http://www.aporrea.org/ideologia/a63858.html


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Los de clase media no son ricos porque son unos flojos

Fernando Saldivia Najul
24 agosto 2008



La interminable lidia con estas personas de clase media. Por todas partes me tropiezo con un profesional amargado o una amargada, las más de las veces con especialistas de carreras técnicas que se niegan a revisar los estudios científicos sociales sobre las causas de la pobreza. Sus vidas se consumen frente a un computador. Desde este aparato elaboran los productos que les roba el rico, y a cambio de ello, el rico les permite alternar el trabajo con algunos ratos de ocio para leer los consejos de autoayuda que se envían por correo electrónico, o para mandar mensajitos por el celular, o también, como ya la competencia los distanció de sus compañeros, ahora se les permite coleccionar amigos virtuales por la página web "Facebook". ¡Que éxito! Luego, cansados, se trasladan a la casa para ver televisión, y así se cierra la rutina solitaria y embrutecedora: de la computadora al televisor y del televisor a la computadora. De aquí la máxima de los ricos: “no piensen que nosotros pensamos por ustedes”.

Lamentablemente, después de 10 años de revolución, todavía nos toca escuchar los clichés de la ideología de la clase dominante a través de sus bocotas. Los clichés los tienen pegados al lóbulo frontal como un chicle, y los repiten en cualquier confrontación: “la pobreza es mental”, “los pobres tienen el rancho en la mente”, “yo no voy a trabajar para que después el gobierno les regale mis impuestos a esos vagos que se la pasan bebiendo”. Los hay también quienes tratan de suavizar el discursito y nos argumentan como aquella señora que entrevistaron por VTV: “no es cuestión de racismo, es que ellos son así”. Y la más repetida de todas estas ideas infundadas, la favorita: “los pobres son pobres porque son unos flojos”.

¡Qué bolas! Uno en el momento no sabe si reírse porque cree que el pana esta jodiendo, o llorar por la triste realidad de que después de 10 años de revolución informándonos con medios como Ávila TV, Vive TV, Telesur, y VTV, no hayamos podido agregar valor en los cerebros de los profesionales. No me jodan. ¿Será que tenemos que acudir a las técnicas de persuasión de telemercadeo tal como lo hacen los ricos con ellos? ¿Tendremos que vender valores manipulando las emociones en lugar de hacerlo por la vía de la razón? A lo mejor nos tocará camaradas. Todo es válido si queremos salvar la especie humana.

Por ahora, camaradas, no se desanimen. Creo que encontré un argumento lapidario para desarmar a los panas que nos fastidian con el mismo argumentillo de que “los pobres son pobres porque son unos flojos”. Aquí no tengo ánimo de parafrasear a ningún científico social ni a ningún filósofo de la praxis porque la experiencia me ha enseñado que ellos se aburren cuando les mencionas alguna frase de El Capital de Karl Marx. Desconocen, por cierto, que este es el libro preferido de algunos empresarios —una pequeña minoría— porque encuentran suficientes ejemplos de cómo se exprime a los empleados. Pero no. No es bueno apelar a la ciencia con ellos. Ellos desconfían del saber universal, y se aferran a las opiniones de Globovisión. Mejor es acudir al más simple de los argumentos, el argumento por la analogía, pero primero les comento mis primeros intentos fallidos:

Cuando ellos repiten como loros: “los pobres son pobres porque son unos flojos”, por lo general viene reforzado por una experiencia personal cuando compartieron con un compañero o compañera de la universidad: “yo conozco a una persona que vivía en el barrio más pobre de Caracas y se graduó y ahora tiene su apartamento y su carro”, acto seguido preguntan: “¿por qué los demás no lo hacen?, y ellos mismos se responden: “por flojos”

Bueno camaradas, hasta ahí llegan ellos. No se les puede pedir más de eso. Al principio de la revolución este iluso que les escribe solía apelar a argumentos tales como: Pero bueno mi panita, ¿quién construyó el edificio donde tú vives?, ¿quién fabricó el carro que te compraste?, ¿quién te prepara el plato de comida en los restaurantes?, ¿quién, lamentablemente, todavía te limpia el baño de tu casa? Y a continuación les agregaba: los obreros no pueden adquirir el apartamento que construyeron, los trabajadores automotrices no pueden comprar el carro que fabricaron, las cocineras y cocineros se alimentan con una comida no balanceada, exclusiva para la nómina del restaurante, y la señora de la limpieza doméstica no tiene tiempo para asear su vivienda porque está limpiando la tuya.

Otras veces, cuando el pana se me ponía duro, le preguntaba: ¿cuánto hermanos y hermanas tiene ese compañero tuyo que salió del barrio? Y me respondía: son ocho en total. Y le repreguntaba: ¿cuántos se graduaron? Obviamente me respondía: uno. Bueno, otra pregunta: ¿y cuántos hermanos tienes tú? Me respondía: somos cuatro. ¿y cuántos se graduaron?: todos. ¿Y si esos siete hermanos de tu compañero hubiesen nacido en tu casa, se hubieran graduado? Me respondía: ¡Claro!

Listo. Este diálogo parecía suficiente para hacerles entender que la democracia se trata de igualdad de oportunidades en “igualdad de condiciones”. Pero no era así. A la semana me volvían con el mismo cliché: “los pobres son pobres porque son unos flojos”. ¡Que ladrillo! Se me encadenaban los muchachos.

Hasta que por fin, el argumento por la analogía que los paraliza: “si los pobres son pobres porque son flojos, los profesionales no son ricos porque también son flojos”. Y si se les hiere el orgullo, los rematan así: “porque yo conozco a un profesional vecino de la urbanización donde yo vivo, muy capaz él, que de tanto trabajar horas extras se hizo rico y compró una de las empresas más grandes de Venezuela”

Se acabó la güevonada.


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Publicado en Aporrea.org el 24/08/08
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